Diógenes y el faro

Fue una sorpresa ganar las oposiciones. Cuando me presenté al examen, desmotivado, ni siquiera me tomé la molestia de contestar todas las preguntas. En esos días tristes acababa de romper mi última relación; de hecho, me la habian roto. Un taxista ebrio atropelló a mi amor y a nuestro perro y me arrojó de nuevo al vacío y a las voces.

Después del accidente pasé una semana con el susto en la cara, congelada en ese gesto estúpido de sobresalto que precede a las lágrimas tras una muerte reciente. Abusando de los somníferos y de la cerveza conseguí detener el duelo en esa etapa y ahorrar en clínex. Solo la ceremonia cataléptica de comprar la prensa me hacía salir del piso abarrotado. Ojeando el diario descubrí la convocatoria de oposiciones y decidí presentarme empujado por el miedo. Necesitaba un cambio de aires antes de que se produjera el desastre que intuía. Planeaba, quizá sin saberlo, nuestra última mudanza.

El técnico del ministerio fue breve y amable. Yo sustituiría al anterior funcionario, encargado de la puesta a punto y activación de uno de los cuatro faros de encendido manual que aun quedaban en el país. Esa belleza náutica, como la llamó él mismo, erguía sus escasos 25 metros sobre un promontorio rocoso de la isla de Siros, azotada por las olas y el viento del atlántico todo el año. Cuando el bote que la visita cada 15 días nos desembarcó allí, me pareció el lugar perfecto y a ellas también.

La rutina en el faro se sobrelleva con simplicidad, amor al detalle y deleite por las manifestaciones de la naturaleza. Desde la cápsula acristalada disfruto con la entrada de las galernas, en el prepucio luminoso me emociono con la lluvia de espuma que producen las olas abrazando al arrecife. A las tres de la tarde conecto los generadores principales, a las 8 enciendo el conmutador del destello y el faro ilumina el cabo de Siros para regocijo de delfines y sirenas. Por la mañana, café en mano y escuchando la radio, apago su luz hasta el próximo turno.

Tengo butaca de palco en este teatro de la génesis que representa para mí la misma función cada día. Bueno, en realidad todos compartimos el grandioso espectáculo; este torreón aislado es perfecto para disponer sin estrecheces lo mucho que acumulo, mis tesoros emocionales, los jirones de amor que arrastro, mis presencias amigas. Ellas y mi trabajo son todo lo que me queda. Soy feliz, no discutimos mucho y la convivencia es dulce casi siempre. Es cierto que maldigo a veces cuando Lucía se adelanta ocupando el baño por las mañanas; siempre fue una mujercita madrugadora y de vejiga débil. No es verdad, como dice Rosa, que las cantinelas que interpreta a la guitarra me harten y que disimule cuando aplaudo y pido más.

Paseo con Elvira al atardecer y continúo consolándola y explicándole que su peso es el ideal. Si hace falta lloro con Carla por el hijo que perdimos. Me cruzo con la hiperactiva Sofía en la escalera de caracol y ella nunca cede el paso, pero desandar escalones me permite entrever otra vez el tesoro de su cuerpo perfecto. No duermo tan bien como quisiera, a veces discuten y paso en vigilia, acodado a la barandilla superior, las peores tormentas imaginables. De cualquier manera, no sé como hubiera soportado este largo aislamiento sin la compañía de mi Diógenes emocional.

Cuando hace un mes Irene me empujó accidentalmente desde el segundo piso y me fracturé 4 costillas, decidí dejarlo, buscar un sustituto. Ahora el faro sigue funcionando, lanzando sus ráfagas alternativas de luz y de tinieblas y yo vivo feliz en el pueblo con mi nueva novia. Ellas, las anteriores, me han dejado al fin y se ocupan de todo en la isla de Siros.

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20 comentarios en “Diógenes y el faro

  1. En esos días tristes acababa de romper mi última relación; de hecho, me la habian roto. Un taxista ebrio atropelló a mi amor y a nuestro perro y me arrojó de nuevo al vacío y a las voces. Hasta parece un tango mi estimado

  2. Hola, Alvaro, me gusto el relato porque, además de bien escrito, me hace recordar momentos, paisajes, aventuras, de mi niñez y mi adolescencia. ¡Qué tremendo debe de ser vivir en solitario en un faro!

    1. Gracias Carlos! Si, es grande la fascinación por el faro, su labor misteriosa y crucial, su aislamiento, y la persona que vive dentro. Ese naufrago solitario que salva a los demás de naufragar… Un abrazo!

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