De laberintos

Es sabido que todo laberinto encierra en su centro un objetivo que nos impulsa a recorrerlo, a perdernos en sus vericuetos. En la maraña de caminos y la repetición de cruces confundimos las posibilidades de éxito y elegimos siempre la más previsible. El extravío es una metáfora de la vida que nos hace conscientes de la ausencia de señales indicando la ruta durante la existencia. A pesar de todo perseveramos, tomamos esa dirección por instinto, juraríamos que esa esquina ya ha sido traspuesta, que nos acercamos, que no giramos en redondo sobre el mismo sitio.

Al llegar, por sorpresa siempre, al núcleo del recorrido, sostenemos en nuestros brazos lo ansiado por desconocido. Durante unos instantes nada importa y somos felices en la fugacidad de la posesión. Después, queremos volver. El regreso es aún más difícil pues no se trata sencillamente de andar sobre pisado y llega un momento en el que no sabemos con certeza donde estamos. Se eternizan esos pasos y lamentamos amargamente haber entrado en el laberinto. Desdeñamos nuestra ambición de caminantes y al deseo que nos empujó a obtener ese premio envuelto en confusión y errores.

Si elevamos nuestro punto de vista y observamos desde el cielo el laberinto, sucede un fenómeno curioso. Contemplamos nítidamente su dibujo y sus límites y, sorprendidos, nos percatamos de que está envuelto en otro laberinto aun mayor que lo contiene. Este, a su vez, pertenece a uno mayor y así sucesivamente. De esta constatación laberíntica no obtenemos certeza ni explicación alguna y continuamos caminando ya sin la urgencia banal de llegar a ninguna parte.

A veces, por casualidad, nos cruzamos con otro paseante y distinguimos si pretende ir o intenta volver, si le empuja el optimismo ciego de la realización o está sometido a la purga de la duda y el arrepentimiento. Solo en los ojos de aquel que sabe de la intrincada realidad encontramos sosiego y, sin prisa, compartimos con él unas palabras acerca del clima.

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8 comentarios en “De laberintos

  1. Metáfora o realidad? Creo que al final los laberintos que inventamos son una copia del que nos corresponde vivir, del laberinto existencial. Muy buena entrada.

      1. Pero claro que es miedo, por eso hemos creado a Dios.
        Un abrazo de vuelta.

  2. Para encontrarse, muchas veces debe uno perderse.
    Un abrazo grande, sigo tu hilo de Ariadna para salir de mi laberinto.

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