Piscinas vacías

Piscinas vacías, Alvaro Urkiza

“No hay nada más vacío que una piscina vacía.” Raymond Chandler, El largo adiós

A mi mujer y a mi nos encanta hablar. No solo entre nosotros, sino también contar a los demás lo que nos ocurrió en cuanto tenemos una oportunidad. Quizás pueda resultar extraño que los muertos hablen, pero aquí no pasan muchas cosas y, además, recordar es una agradable manera de saber que se ha vivido. Así que, ya que habéis llegado, poneos cómodos y dejadnos comenzar la historia de nuestro último viaje.

¿Quién no ha soñado, reconocedlo, con disfrutar ese paraíso tropical imaginado, esas playas infinitas y vacías, la caricia del mar que refleja un dulce atardecer? ¿Quién no ha deseado mecerse en la hamaca hipnótica fuera del tiempo, lejos de ruidos, stress, noticias y problemas? Esa fue la principal motivación de todos nuestros viajes y, también, la causa de que en el último entrásemos para siempre en un universo desconocido. Pero escuchad.

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Viajeros. Marco Polo empleó cuatro años en llegar a la corte de Kublai Khan abriendo la ruta de la seda y trayendo consigo testimonios inauditos. Juan Sebastián Elcano y 18 supervivientes completaron la circunvalación del mundo en 10 años a bordo del Victoria. David Livingstone caminó dos décadas por el continente africano buscando las fuentes del Nilo. Ulises, James Cook, Admundsen… para todos estos aventureros, caminantes o marinos, sería muy difícil concebir que Lucía y yo despertamos en nuestro hogar y en solo unas horas volamos al otro lado del planeta para llegar antes de la cena. Turistas.

Aterrizamos de noche en las islas Kai. El taxista nos llevó al hotel por carreteras cada vez menos transitadas a través de una lluvia casi solida. Sentados detrás, hablábamos en susurros cogidos de la mano, quizá cohibidos aún por el calor pegajoso y los olores penetrantes que nos recibieron en el aeropuerto, o contagiados por la actitud taciturna del chófer, más concentrado en los mensajes que le llegaban al teléfono que en sus pasajeros.

Cuando terminó el asfalto y comenzó el traqueteo de la pista de tierra, Lucía me apretó la mano y nos miramos un instante. Por la ventanilla del automóvil se distinguía el perfil oscuro de palmeras y grandes arboles; algún animal desconocido cruzó veloz el camino y desapareció en los lindes de la selva. La lluvia limpiaba nuestras almas esa primera noche del viaje. El viaje. La maravillosa sensación de cambio, de alejamiento, ¡resultaba tan familiar!. Volver a sentirla nos había llevado hasta allí.

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Una o dos veces al año, si nuestros trabajos lo permiten, viajamos. Viajábamos, mejor dicho, a destinos fuera de los circuitos turísticos pero con garantías de estabilidad política, seguridad y clima benigno que nos proporcionasen paraísos ideales para una aventura sin riesgo. Nuestras vacaciones eran expediciones con fecha de caducidad, predecibles paréntesis vitales, pero nos daban la vida. Coleccionistas de paraísos nos definíamos, bromeando. Buscábamos siempre lugares con ese algo especial que los convierte en inolvidables: Ghana, Nicaragua, las islas Molucas, Papúa, las Salomón, Madagascar…

Al regresar a Europa, después de cada aventura anual, renovados y llenos de energía, experimentábamos un gradual descorazonamiento, una progresiva destropicalización reflejada en la pérdida del bronceado, en el avance de la palidez que, también en el interior, crece con la cotidianidad de hábitos y rutinas, de horarios, espacios y obligaciones repetidas en nuestro gris modo de vida occidental. Solo superábamos esa sensación de perdida y final con la elección del próximo destino y la preparación del siguiente viaje.

Esta vez habíamos coincidido en dirigirnos de nuevo a Asia. Se acercaban la Navidad y el frío exigía más ropa de abrigo y más horas de calefacción. Cada día era aun más corto que el anterior. Antes de que una legión de Papa Noeles histriónicos y renos delirados, de anuncios de lotería y perfumes, de abetos de plástico iluminados y compromisos familiares invadiera nuestra vida, compramos los billetes a las islas Kai.

Piscinas vacías, Alvaro Urkiza

Descubrimos este archipiélago confidencial por casualidad, recorriendo con la mano el mapamundi donde señalamos con una estrella los destinos ya conocidos. A la luz de las velas y con la tibia caricia de unas copas de vino reparamos en su curiosa forma de tortuga y en su discreta situación, bajo el Ecuador y al suroeste de islas del Pacifico más conocidas. Las Kai, aisladas y misteriosas, parecían tener todo aquello que buscábamos. A través de la red supimos más de ellas, de su historia y su esquiva personalidad turística.

Estas seis pequeñas gemas volcánicas alrededor de Lontoir, la isla principal, fueron tierra de aborígenes melanesios desde que se tiene memoria. Recibieron visitantes malayos durante los siglos XI y XII, marinos y comerciantes que se mezclaron pacíficamente con los locales y junto a los que desarrollaron una cultura basada en la pesca y la agricultura. Apartadas afortunadamente de rutas comerciales durante la expansión colonial europea, el pequeño archipiélago permaneció tranquilo hasta la II Guerra Mundial.

En las discretas Kai se estableció entonces una división del ejercito japonés, decidido a extender su imperio y detener el avance norteamericano en el Pacifico. Los militares desmataron la selva, construyeron aeródromos y una gran línea de trincheras y bunkers donde instalaron baterías antiaéreas. Minaron grandes zonas de las islas.

Esas minas, que permanecieron allí enterradas muchos años después de terminado el conflicto, fueron la causa del tardío desarrollo turístico de las islas Kai. Con el tiempo, los frecuentes accidentes, las inesperadas detonaciones y los dramas locales que causaban los artefactos dormidos frenaron a posibles visitantes de esas selvas frondosas rodeadas de playas de arena blanca, agua cristalina y clima cálido.

A mediados del 2009 las autoridades de las Kai iniciaron una campaña para la limpieza exhaustiva de las minas y la promoción de las islas como nuevo objetivo del turismo sostenible y selecto. Se respetaron las construcciones bélicas con la idea de añadir su valor de testimonio histórico a los atractivos del destino. Desactivado ya el peligro, la amabilidad de los nativos, la belleza salvaje de su naturaleza y la calma de su modo de vida convirtieron a este lugar en el paraíso tranquilo que Lucía y yo buscábamos.

Piscinas vacías, Alvaro Urkiza

Preparar el viaje forma parte del viaje mismo, y nosotros adorábamos también la rutina excitante de reservar vuelos y hoteles, informarnos acerca del nuevo destino buscando en la red, leyendo guías y participando en foros. Eran los tramites parte ya de la aventura: vacunarnos, aprender unas palabras básicas en el idioma local o hacer las maletas. La ceremonia de empaquetar ropa ligera, cremas solares, repelente de insectos, gafas de buceo, cámaras de fotos, enchufes maestros, linternas frontales o el botiquín básico, suponía una anticipación de momentos soñados y cercanos.

Tras rápidas despedidas de familia y amigos, y casi sin darnos cuenta, nos encontramos en el avión hacia Lontoir, la capital de las Kai, en la isla principal. Allí esperamos unas horas a la avioneta que nos llevó hasta el pequeño aeropuerto de Rhun, islita satélite desde donde finalmente una lancha nos desembarcó en el pedacito de paraíso donde pasaríamos, sin saberlo, el resto de nuestras vidas: Petit Kai.

Fue fácil indicar a uno de los pocos taxistas que esperaban en el embarcadero la dirección del hotel, y a través de la noche lluviosa susurramos felices camino del Holeita Lodge, el futuro hogar de nuestras vacaciones. El hotel que escogimos por internet para esta aventura superó con creces lo esperado. Llegamos de noche, recibidos entre tinieblas por la amable recepcionista, guiados sin distinguir más que la puerta del bungalow, sabiendo que por la mañana el lugar nos sorprendería con un amanecer limpio, convenientemente arreglado, como una mujercita coqueta.

Y así fue. Salimos temprano a desayunar, aun algo aturdidos por el largo viaje y el jet lag. El jardín del Holeita, con el mar al fondo y el perfil del volcán de la isla vecina en el horizonte, es una alfombra de césped para caminar descalzo, un delicado laberinto de arbustos floridos que busca crear rincones y dar privacidad a sus pocas cabañas. Arboles en flor de agradable perfume, hibiscus, orquídeas, palmeras y buganvillas rodean la piscina infinita. Desaparecen sus límites y refleja el sol de la mañana hasta el océano. Desayunamos en la playa, arrullados por el canto de los pájaros y el sonido de las olas rompiendo en la arena a nuestros pies. En éxtasis, sonreímos y suspiramos, embriagados ya de trópicos soñados. Habíamos llegado.

Piscinas vacías, Alvaro Urkiza

Resultó fácil acostumbrarse al nuevo ritmo de vida. La rutina en la isla es sencilla, provee de todo lo necesario para sentirse feliz. Solo nos acompañaba en el hotel una encantadora pareja australiana dedicada a bucear de manera obsesiva desde muy temprano, regalándonos esa sensación de náufragos que el personal del Holeita cuida de no turbar. El servicio es discreto y hasta sigiloso, mimetizado con el jardín pero atento al detalle y eficiente. El pequeño restaurante es soberbio: a pesar de la lejanía de estas islas, hay vino chileno, pan recién hecho y una langosta deliciosa.

Caminamos en silencio, a veces cogidos de la mano, por la playa desierta. El horizonte, las mareas, la rompiente de la orilla, posan siempre sonrientes y en perpetuo cambio, sosteniendo la mirada somnolienta del paseante. El arrecife tímido se expone unas horas y permanece sumergido en la transparencia el resto del día. Los atardeceres surrealistas, dramáticos, totales y siempre diferentes, son el broche natural de cada jornada en Petit Kai.

Los pescadores nativos, en especial sus hijos pequeños, saludan desde el porche de sus cabañas en el linde de la selva al arenal. Nos invitan a sentarnos con ellos, charlamos entre risas en el idioma internacional de la curiosidad limpia, el buen humor y las ganas de compartir. En pocos días conocemos a varios por su nombre y lo gritamos despidiendo a los botes que se alejan a faenar antes del anochecer.

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Ayer estrenamos una nueva actividad y conocimos a otro occidental que vive en “nuestro” pequeño paraíso. Eric, un simpatico Dive Master francés con aspecto de viejo aventurero tropical: piel bronceada, edad indefinida, mirada acostumbrada al brillo deslumbrante del sol y pies hechos a caminar descalzo y al ritmo lánguido de estas latitudes. Buceamos con él hasta un avión japonés derribado en la gran guerra. Dormía la maquina militar a más de 35 metros de profundidad.

Tapizado desde la hélice a la cola por la mano delicada de algas y corales multicolores, rodeado de bancos de peces de todas las formas y tamaños, el avión de guerra nos pareció un monumento a la inutilidad del conflicto, a la estupidez humana y al poder, un canto a la belleza de lo natural. Las bocas de sus ametralladoras calladas para siempre, huérfanas de balas y objetivos, apuntaban, fuera de lugar pero serenas ya, al lecho del jardín vivo que las abrazaba.

Esa noche, cenando descalzos bajo las estrellas, disfrutando la fresca cerveza local con nuestros amigos australianos, escuchamos fascinados las historias que Eric contó acerca de sus viajes por los trópicos, su peregrinaje particular huyendo de la masificación de lugares que encontró casi vírgenes. Nos habló del desarrollo, de la civilización de esos pequeños paraísos, del inevitable cambio, de las comunidades nativas desaparecidas, de vencedores y victimas, de drama y perdida, de progreso caníbal. Del paso del tiempo y sus consecuencias, de su inevitabilidad. Había un brillo intenso en sus ojos cuando se preguntó cuanto tiempo faltaba aun para que las Kai se convirtiesen también en otro objeto de consumo  artificial, en un parque temático de plástico, cemento y cristal, en una caricatura de si mismas, una Babilonia de sonrisas compradas y souvenirs sin alma.

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Viendo nuestra turbación por sus palabras y cambiando por ello el tono de la conversación, Eric nos explicó que bajo el pequeño volcán en el centro de Petit Kai, envuelta por selva frondosa , se encuentra una cueva natural donde los japoneses construyeron un refugio protegido de los aviones estadounidenses durante la guerra. En una excursión de alrededor de 3 horas se llega hasta ella y, por lo que nos dijo el francés, la caminata merece la pena. Se conservan casi intactos los refugios, los almacenes, los bunkers, incluso las habitaciones de la tropa, todo el complejo excavado en las paredes del interior de la montaña. La pareja australiana, entusiasmada, irá mañana temprano con un guía local a visitar la cueva. Esperaremos sus impresiones antes de animarnos también a internarnos en la selva; Lucía y yo somos enamorados fieles de la arena, la orilla y el coral.

Nadamos de nuevo al amanecer, la tibieza del agua es una caricia, el silencio que nos rodea resulta balsámico. Las grandes zancudas vuelan tranquilas y se posan cerca, relajadas, a secar sus alas al sol naciente. A lo lejos el sonido de un bote que se aleja, el ladrido de un perro, quizás un gallo, las olas en la orilla. Despierta suave, lentamente, la vida aquí cada mañana. La ausencia de coches en la isla impide la prisa, no se levantan semáforos entre los arboles, no ahoga el asfalto la respiración de la tierra. Es contagiosa esta paz y nos movemos más despacio, caminamos ya con el bamboleo ligero de las palmeras, sin querer llegar a ningún sitio, solo con el deseo de sentir y ser parte.

Después, nos sumergimos. Nuestra cita con ese otro mundo bajo la superficie nunca decepciona. Dentro del mar volamos, bailamos el coral lleno de vida y destellos, observamos y nos dejamos llevar, invitados al jardín primero. Silencio y burbujas, azules traspasados por rayos de sol que reflejan formas y texturas imposibles. Dios se volvió loco aquí, desató su imaginación en la casa de las tortugas amables, la manta raya que planea a nuestro lado, los bancos de tiburones martillo escoltando a sus crías, los delfines que se acercan curiosos, la infinidad de vida desde lo minúsculo hasta lo grandioso.

Visual Flores Komodo, Alvaro Urkiza

Lejos están ahora acciones y lugares cotidianos antes tan habituales. Aparcar el coche, un cajero automático, repostar gasolina, internet, ascensores, mirar antes de cruzar, zapatos, televisión, noticias de última hora, novedades de cine, chats telefónicos, escaparates y ofertas, fines de semana, guerras lejanas, centros comerciales, horarios, cambiar de lugar los muebles o descubrir, aburridos, un nuevo restaurante de moda. Circunstancias todas que, en fin, conforman habitualmente la rutina de nuestras vidas.

Un fuego en la arena es la cocina improvisada de esta noche, nuestra piel bronceada brilla reflejando las llamas que doran un pescado del arrecife domestico, que no domesticado. Una guitarra suena, se canta y cerramos los ojos a todo lo que no sea este momento. Los nativos bailan y sonríen un día más, en la sencillez alegre de ser con lo que les rodea. No necesitan, agradecen y disfrutan; comparten el orden natural de los trópicos. Bailamos con ellos.

Pasan al menos dos días hasta que notamos la ausencia de la pareja australiana desde su excursión a la cueva. Al volver de la playa Lucía preguntó por ellos a una de las chicas que con su discreto trabajo hacen del Holeita un refugio perfecto. La simpática muchacha no pareció entender y se alejó sonriendo y señalando al mar. Pensamos que quizá nuestros amigos se habían marchado sin despedirse por alguna razón, pero al ver sus equipos de buceo dispuestos en el embarcadero, tal y como los dejaron antes de ir a visitar el interior de la isla, confiamos en volver a encontrarlos esa noche en la cena y saber de sus aventuras en la jungla.

Pero no fue esa noche, ni al día siguiente. Seguimos siendo los únicos huéspedes del hotel, las únicas pisadas en la arena, los únicos comensales del restaurante. Las aletas y mascaras, los chalecos y trajes de los buceadores australianos continuaban allí cuando, si no inquietos sí extrañados, pudimos hablar con Eric sobre ello. El francés, con sus raídas bermudas y su sonrisa eterna, nos tranquilizó explicando que una pequeña comunidad local vivía aislada cerca de la cueva y seguramente nuestros amigos se habían enamorado del lugar y pasaban unos días allí disfrutando de su hospitalidad. Decidimos en ese momento hacer también nosotros la excursión y fijamos el día siguiente como la fecha ideal.

Desgraciadamente, una dolorosa infección de oído, el mal del buceador, me despertó afiebrado esa mañana, pero tranquilicé a Lucía animándole a no cancelar la expedición a la cueva. Sonriente, ella partió temprano con el guía tras despedirme con un beso. Cuando, ni esa noche ni al amanecer siguiente, Lucía hubo regresado, decidí encontrar a Eric con la firme determinación de salir inmediatamente en busca de mi mujer. Al dirigirme a la recepción algo inusual me llamó la atención: la piscina, habitualmente tan cuidada como el resto del hotel, estaba vacía.

(Continuará)

Alvaro Urkiza

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5 comentarios en “Piscinas vacías

  1. La verdad es que el ver las piscinas vacías y largos años en desuso producen abandono y tristeza, al igual que las casas que has conocido en la infancia y que en algún momento de la vida las han derruido… ¿Nostalgia, tristeza?

    1. Coincido Manuel. Visitamos admirados las ruinas clasicas, pero al sentir la desolación de las ruinas nuevas, hoteles cerrados, estaciones abandonadas, piscinas vacias… nos sobrecoge la conciencia de la transitoreidad, la fugacidad. Hay alli historias recientes que ayer se sintieron vivas, inmortales, y hoy solo son cortinas rotas al viento.

      1. Me impactaron sobremanera una piscina en Lazkao, otra en Leza (Rioja) y la destrucción de una casa en Zumaia. Las dos primeras me reconfortó lo bucólico de la escena, la flora reinando en las paredes de azulejo… En cambio la última me produjo una inmensa desolación, depresión. Totalmente depresivo, me quedé anonadado, con muchas ganas de llorar… Pero así es la vida. ¡Qué envidia de viaje habéis tenido!

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