Destinos y desatinos

El café se asoma a la vida en una terraza desordenada y curiosa. Una docena de mesas cojean la acera casi interponiéndose a la marea de transeúntes. La calle, ya cerca de la plaza, siempre transitada; hay que bordear la barricada de tertulianos y desocupados, de fumantes y aperitivos, para continuar con prisa hacia ninguna parte y regresar, satisfechos.

Yo me siento allí cada mañana, observo y escribo mi novela. El camarero es un veterano de camisa blanca y pajarita que atiende al ritmo nostálgico de los tranvías. Trae mi café con leche en vaso sin preguntar. Conoce a los clientes habituales por su nombre, antepone un don o un doña al tratamiento y oficia de maestro de ceremonias urbano sin dejar de sonreír.

-Tranquila, señora, no hay que dar al botoncito. -explica – Esta máquina de tabaco es muy lista y distingue sola a los adultos.

Desde mi rincón escucho la despedida de Don Fernando que termina apurado el desayuno y se va a trabajar. Entra a las 9 y ya son y cinco. Es guarda en esta misma calle, un poco más adelante, en el semáforo. Guarda el semáforo desde hace tres años, cuando se retiró anticipadamente de la oficina a causa de la memoria y del incidente con los ingleses. Por las mañanas supervisa un lado de la calle y por las tardes, el otro. Meticuloso, lo hace consciente de la importancia de su labor. Cronometra la duración de los periodos de luz y mide el flujo de personas que pasan en uno u otro sentido. A veces anima a algún peatón despistado a cruzar antes de que se ponga en rojo, o ayuda, como ahora, a una abuela que empuja el carrito de su nieto.

-Vamos, Doña Liria, deje que yo le ayudo. Es que Luquitas está cada vez más grande, hay que ver lo que pueden pesar estos niños de ahora.

Don Fernando solo se da un día libre a la semana y lo dedica a visitar el cementerio y charlar con su esposa. Deja unas flores sobre la lápida y comenta con ella que la carta debe estar a punto de llegar. Don Fernando espera una carta del ayuntamiento que le confirme en su nuevo puesto de funcionario, que reconozca su labor voluntaria y transcendental. Todos sabemos que así será, que la carta está a punto de llegar.

Doña Liria siempre detiene su carroza familiar, frena cerca y saluda cuando pasa delante de mi pupitre de escribano. En las mañanas soleadas sale con su nieto a callejear hasta el parque. Y es que si no fuera por ella el niño languidecería en casa, su nuera está tan ocupada que apenas tiene tiempo de darles los buenos días antes de salir. Luquitas, silencioso en su camita de ruedas, disfruta del cielo entre azoteas a pesar de la capota cerrada del coche. El sol y el frio le afectan tanto, dice la abuela.

Sin embargo Doña Liria me otorga a veces el honor de sostenerlo en brazos y, con aire orgulloso, me describe cuanto ha crecido el bebé esta semana, lo bien que come y lo tranquilo que es. Yo asiento y mezo suavemente a la muñeca de plástico, que cierra los ojos al tumbarse y los abre, mecánicamente, al incorporarse. La esclerosis debe ser algo doloroso y todos sabemos que caminar sujetando un andador es lo más recomendable para los que la sufren.

– Está precioso, cada día más, Doña Liria. Ha sacado su sonrisa, el muy bribón.

Continua ufana su ruta la abuela zigzagueando hacia el parque y distingo al despedirla un movimiento en las cortinas del sexto piso, justo encima de la mercería Ultramar. Se despertó Andrés, y ya otea el panorama buscando algo que le ayude a decidir. Desde que suspendió las oposiciones y su novia de siempre se fue con un notario, no sale de casa. Duda entre tirarse por la ventana o disparar desde allí a la calle con la escopeta de su padre. Contempla a las hormigas que pululan y medita que hacer. Andrés lleva 32 años pensándolo y no quiere precipitarse. Todos coincidimos con él: prisa mata.

A pesar del trajín apasionante de este cruce de caminos, encuentro tiempo cada día para escribir algún párrafo de mi novela, inspirada a veces, lo reconozco, en el paisanaje habitual de la zona. Néstor el jurado, por ejemplo, sería un personaje perfecto. Cuando dejó el taxi no pudo acostumbrarse a la inactividad del jubilado y ahora juzga en la mesa más cercana a la boca del metro. Desde allí puntúa escrupuloso del 1 al 10 a las mujeres que pasan. Anota en una hoja las calificaciones y a veces desglosa por partes. “Cara 3 puntos, cuerpo de frente un 6, por detrás 8 y medio”. Si la modelo en cuestión le resulta especialmente atractiva, Néstor se levanta y le pregunta la hora. Después vuelve a sentarse con una expresión beatífica y un suspiro hondo.

Néstor y el camarero son amigos de toda la vida, y se me acercan esta mañana con aire de conciliábulo conspiratorio. Saben que cada día, antes de irme, rompo lo escrito y que recomienzo inútilmente mi novela a la mañana siguiente, saben que mis esfuerzos son estériles, que nunca terminaré esta obra. Pero aun así me llaman escritor, y eso me agrada.

-Escritor,- me dice Néstor- aquí el señor barman y yo hemos pensado que podrías ayudarnos. Ya conoces a don Fernando, el del semáforo. Sigue esperando esa carta del ayuntamiento, y se hace mayor. Sería algo grande que la recibiera antes de que el alzhéimer le deje más tocado, ¿verdad? Y como escribes tan bien, se nos ha ocurrido que si la hicieras tú, ya nos ocupamos nosotros de dejarla en su buzón. Hasta Liria,  la del muñeco, está de acuerdo. ¿Qué te parece?

Por supuesto que acepté la oferta. Me vendrá bien, pensé, cambiar de aires literarios y dejar aparcada la novela un tiempo. Escribiría la carta para don Fernando. Decidido el plan y separada la compañía, recogí la lata con las monedas y me levanté del suelo, camino del albergue. Había sido un buen día y alcanzaba para algo de vino barato. Todos sabemos que algo, siempre, es mejor que nada.

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