Amor tenaz en el motel Ibis

Las maletas ya están desechas, las camisas y pantalones cuelgan de las perchas, los zapatos forman alineados por orden de colores en el armario: estamos instalados en el motel Ibis. En el vaso del cuarto de baño nuestros cepillos de dientes bailan cruzados su tango de cristal apasionado, regalándonos esa sensación de hogar tan necesaria. La habitación es diáfana, luminosa; la moqueta de color claro está limpia e invita a caminar descalzo. Aquí estaremos a gusto, estoy seguro.

La recepcionista fue muy amable (demasiado, según Marie) y apenas se sorprendió cuando rechazamos su ayuda con el equipaje. Insistió solo lo justo en que no era necesario pagar 15 días por adelantado y aceptó la propina con una sonrisa anotando en el cuaderno nuestra reserva, “Señor y señora Thompson”

Todavía, y creo que a Marie le pasa lo mismo, no me he acostumbrado a usar un nombre nuevo en cada lugar. Pero los dos sabemos que es necesario, que es uno de los pequeños detalles imprescindibles para poder continuar viviendo esta historia de amor. Aunque parezca una locura nos hemos fugado, hemos escapado juntos abandonando para siempre nuestras vidas anteriores. Y aunque sea difícil de creer, esta carrera nómada de motel en motel, sin más destino que el de encontrar rincones fugaces para nuestro idilio y sembrar las piezas que desmontan lo ocurrido, ha terminado gustándonos.

Estrenamos la cama del motel Ibis, estrenamos la ducha y hasta la moqueta en seis asaltos de pasión que terminaron en tablas. Felices, nos dirigimos a estrenar la piscina. Marie llevaba un bikini estampado que compró en una gasolinera de Nuevo México y los jóvenes de mantenimiento la devoraron con los ojos. No soy celoso, simplemente me molesta contemplar en otros el efecto que su belleza causa en mi mismo, así que le rogué que se cambiara y ella accedió con un mohín coqueto, calificando las sonrisas de la recepcionista como algo más que de cortesía. ¡Esta mujercita mía!

Me ocurre siempre que la veo, algo me traspasa el corazón y olvido lo que sucede alrededor.  Lucy, mi esposa, lo percibió inmediatamente en los jardines del centro durante nuestro primer encuentro. Joe, el marido de Marie, también. No se puede, como dicen, poner vallas al campo, no se puede detener un amor como el nuestro. Joe y Lucy trataron de oponerse, claro, igual que nuestros hijos y nietos, los médicos y todos los demás internos del geriátrico. Fue inútil.

Desde la guerra de Corea no había utilizado el 45 que guardaba junto a la medalla que me dio Eisenhower. Pensé que se atascaría después de tantos años pero el gatillo se deslizó con suavidad y los dos estampidos quedaron ahogados con las almohadas sin despertar a nadie. Llevamos sus cuerpos en camillas hasta la cámara frigorífica de las cocinas y los troceamos con la sierra eléctrica. Ahora vamos dejando una parte de nuestra vida en cada etapa; en la última ciudad abandonamos la cabeza del pobre Joe en un contenedor de basura. Marie dice que en el minigolf del Ibis la tierra es blanda y nadie sospechará que las piernas de Lucy descansan bajo el hoyo 13.

Anuncios

17 comentarios en “Amor tenaz en el motel Ibis

¿Quieres dejar tu comentario?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s