Línea 17 (final de trayecto)

Línea 17, Alvaro Urkiza Epelde Legorburu

El autobús es viejo, como estas calles, como yo mismo, y en cada desconchado de su carrocería antes plateada, en el crujir de su amortiguación cansada, en las altas barras bruñidas que sujetaron tantas manos, guarda la memoria viva de la ciudad que recorre. A pesar de los años continúa abarrotado en las horas punta, mis preferidas para viajar en él.

Coincidimos casi siempre los mismos viajeros habituales, reconfortado cada uno en la tangencia cálida y casi rutinaria de nuestras vidas durante el trayecto. Temprano embarca, a la altura de la mercería portuguesa, la viuda del militar, esperando ansiosa de pie al fondo del bus la llegada de su cita diaria con la vida. Sólo los que frecuentamos la línea 17 sabemos porqué rechaza la invitación a sentarse hecha por algún caballero cortés pero ignorante. Sólo nosotros nunca le cedemos asiento y sonreímos por dentro, satisfechos, cuando el senegalés vestido con un mono de trabajo sube dos paradas más tarde y se acerca a ella, muy pegado, pero sin mirarle apenas a los ojos. En cada bache, en cada sacudida, un estremecimiento y un suspiro, en cada curva y vaivén, un abrazo clandestino. En los días lluviosos, con la discreta cortina del vaho y las gotas en los grandes ventanales del 17, la pareja se arrulla, baila su amor fugaz con más intimidad si cabe. Y los que sabemos suspiramos, como la viuda, cuando termina el viaje y su romeo negro baja en silencio del autobús.

Marilyn Pomez, Alvaro Urkiza

Resulta delicioso compartir el pulso de la ciudad y sus habitantes desde mi asiento, observar divertido a los jovenzuelos que escapan del instituto entre cuchicheos y risas, que saltan de la 17 al Parque de la Luz con un brillo salvaje y feliz en sus ojos, con todo un día de libertad robada por delante, sin miedo. Recibo con una sonrisa enternecida al empleado que perdió hace meses su trabajo pero continúa saliendo de casa a la misma hora, despidiéndose de su familia con un beso, recién afeitado, sosteniendo la maleta llena de importantísimos crucigramas, incapaz de confesar su situación. Y le veo regresar en el bus a la misma hora de siempre, repasando las anécdotas de oficina que ha inventado durante el paseo por los jardines para contar a su mujer.

El viejo guía turístico siempre está de buen humor cuando se dirige al puerto buscando clientes a los que mostrar la historia oculta de esta ciudad a cambio de unas monedas y algo de vino. De buen humor siempre a pesar de que tuvo que abandonar su anterior profesión por motivos de salud: el Párkinson es malo para cualquiera, pero más aun para un carterista, por muy bueno que sea. El viejo guía enseña al que le toca en el asiento de al lado fotografías de extranjeras en blanco y negro que guarda en la cartera como medallas de sus victorias y fracasos en estas calles.

Pequeñas cosas, Alvaro Urkiza

La empleada del hogar relee la misma novela rosa un día más, levanta la cabeza y suspira, la madre sostiene al niño camino del pediatra y le promete otra vez que no le harán daño. El joven sombrío mira receloso al cielo por la ventana del autobús y parece que cuenta las farolas, estudiante eterno, encerrado en un destino que no entiende. El borracho se duerme y nosotros, acostumbrados, le despertamos con suavidad al llegar a su parada. El turista extiende un mapa desmesurado que su mujer lee al revés y la jovencita sopla su aliento en el cristal y dibuja un corazón que se borra lentamente.

Y yo mismo me dirijo ahora a la puerta esquivando a los demás, mi parada es la próxima. Con el chófer intercambio siempre un hasta mañana al salir y él me corresponde con un cabeceo de asentimiento y despedida. Pero hoy me contesta antes de arrancar de nuevo.

-Hasta mañana no, señor. Hoy es el último día de esta línea. Sí, no se sorprenda, es la vida. Además, que le voy a contar a usted, si desde hace tantos años es ya el único pasajero de la vieja 17.

Gafas baratas, Alvaro Urkiza

(La primera parte del relato en https://alvarourkiza.com/2012/10/05/linea-17/)

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