¿Quién es Emilio Fortunas?

Emilio Fortunas, Alvaro UrkizaLa estación oeste es igual que cualquier otra estación en cualquier ciudad del mundo, supongo. Tiene trenes, tiene días buenos y otros peores, igual que el mundo mismo. Tiene días de lluvia que hacen brillar los raíles, amaneceres que doran las vidrieras del techo, tardes grises y noches bulliciosas. Suceden momentos de extraña quietud, de silencio, a vientos de septiembre que se cuelan por la boca de las vías y aúllan. Las tiendas abren y cierran, giran las escaleras mecánicas, se ensucia y se limpia el suelo una y otra vez, siempre.

En la estación te confunde al principio el trasiego de gente que viene y que va en todas direcciones, pero después de un tiempo, allá donde solo veías multitud distingues ahora al que llega del que se marcha, las despedidas de los recibimientos, distingues al maletero del revisor, a los novios, a la prostituta, al vendedor, al policía de paisano, al abuelo que se escapa, al turista. Y al que espera a su tren, como yo.

Me llamo Emilio, Emilio Fortunas, y llevo casi dos años en la estación oeste. El próximo sábado se cumplirán 24 meses desde que llegué. No pretendo batir records, no estoy loco, no quiero salir en las noticias; odiaría hacerme famoso. Sigo aquí desde entonces simplemente porque mi tren no ha llegado todavía.

Antes, antes de vivir en la estación quiero decir, tuve una vida ahí afuera, claro. Trabajaba en una oficina de importaciones cuando nos llamaban contables y no auxiliares administrativos. Tuve una mujer a la que quería con devoción y ella tuvo a su vez varios amantes a los que también quiso sucesivamente, hasta que se marchó con el vendedor de cosméticos. El divorcio no fue peor que lo de nuestro hijo, ese héroe siempre en ciernes, voluntario del ejército y fallecido en un ridículo accidente militar.

Emilio Fortunas, Alvaro Urkiza

Yo nunca he sido ambicioso; traté de aceptar la soledad y la rutina, traté de llamar normalidad a vegetar sin mirarme al espejo. Pero fué todo junto, demasiado, no hubo manera de seguir adelante. La bebida no me sienta bien y me resulta intolerable el sexo de pago. Me perdía en el pasillo de casa, dejé el trabajo y quemé las fotos viejas. Dije ya basta y decidí marcharme. Así llegué a la estación oeste, hace dos años.

Ahora, por las noches, me recojo en la boutique de Marga, duermo en la trastienda solo, rodeado de maniquíes discretos, desnudos y descuartizados. A veces la propia Marga duerme conmigo y compartimos fluidos maduros, lentos y sabios, hasta que ella abre la tienda por la mañana y yo salgo de nuevo a los andenes. Conozco cada rincón de la estación oeste y me conocen todos los habituales de su cosmología transeúnte. Leo la prensa matutina en el puesto de Vicente y me gano el sándwich y el refresco ayudando en la cocina o sacando la basura de los puestos de comida. Los maleteros aprecian con unas monedas mi empujón al carro y el secreta de turno me consulta el parte policial al entrar de servicio.

Emilio Fortunas, Alvaro Urkiza

Los sintecho estamos condenados ahí afuera a un perpetuo nomadismo, a un sino errante. Aunque un lugar nos agrade, quizá una fuente pública o un banco soleado con vistas agradables, debemos abandonarlo a los pocos días. Nadie desea tenernos como vecinos; los ciudadanos desprecian nuestro aspecto y costumbres. En cambio, en la estación, donde los sedentarios estan en tránsito constante, yo permanezco.

Porque observo y aprendo, alimento de vidas esta vida nueva llena de matices, esta vida que nació por sorpresa cuando llegué con la intención de dejarlo todo atrás. Vi a las locomotoras pasar rápido y cerca sosteniendo la última carta de mi hijo, sin equipaje, esperando el último tren. Sentí el aire caliente de los vagones, el vértigo. Miré las vías bruñidas, vi salir expresos regionales, convoys de mercancías. Lloré todo lo que no había llorado, maldije, levanté el puño al cielo y recordé al niño que fui, encontré al hombre que deseaba ser. Tiré la carta delante de un talgo que atropelló a mi pasado en vez de a mí y, desde entonces, continúo esperando a mi tren aquí, en la estación oeste.

Emilio Fortunas, Alvaro Urkiza

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Un comentario en “¿Quién es Emilio Fortunas?

  1. Los sintecho estamos condenados ahí afuera a un perpetuo nomadismo, a un sino errante. Aunque un lugar nos agrade, quizá una fuente pública, un banco soleado o unas vistas agradables, debemos abandonarlo a los pocos días: nadie desea tenernos como vecinos, los sedentarios desprecian nuestro aspecto y costumbres. En cambio, en la estación, donde los sedentarios estan en tránsito constante, yo permanezco. (Emilio Fortunas)

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