Samsara

La carretera serpentea a través de junglas que escaparon a la deforestación organizada por el gobierno. Para un campesino talar y recoger leña de estos árboles puede suponer un año de cárcel. A pesar de todo se distinguen entre la maleza troncos apilados esperando ser recogidos furtivamente al anochecer.

El mar se anuncia sutil, muestra señales dulces y saladas que podemos distinguir a kilómetros de distancia. La última sierra termina con un descenso lleno de olores y luces marinas, de rostros ya marcados por el salitre, de redes secando en los patios y de mujeres que miran al cielo adivinando el tiempo de mañana.
Arriba, entre perfiles de selva, el horizonte dibuja nubes llevadas en vientos de océano, deslizándose por encima de las olas que buscamos.

Entramos en Lamainang al mediodía. En el mercado chicas vestidas de azul y escarlata discuten acaloradamente regateando sobre los precios de frutos silvestres y diversas clases de murciélagos. Los niños corren por la calle arriba y abajo, riendo y jugando con cometas; un anciano delgado, con los pantalones remangados, lanza la red circular en un estanque.

Anima aquí la vida de todos un río claro de montaña que desemboca en los manglares cerca del puerto y que atrae a las personas que salen a dar un paseo sin nada que hacer. Se paran un momento en el puente a contemplar el agua, como le gusta hacer a la gente en todas partes, y luego siguen su camino claramente confortados. Seguimos su ejemplo.

Debajo se alinean barcos multicolores con formas estilizadas, largos y afilados, mientras sus dueños hacen pequeños arreglos innecesarios, juegan a las cartas mecidos por la suave corriente o charlan con los amigos. Una mujer lleva a un pato cogido debajo del brazo en su excursión diaria por las orillas del río.
A la derecha el camino de tierra nos lleva a la playa exterior, bordeando las casas de madera en las que la gente disfruta de un te sosegado bajo la sombra de los porches. Las olas rompen ordenadas y vacías sobre el arrecife y justo en frente de nosotros un kilómetro de arena produce ondas de cristal en esta mañana sin viento.

Samsara, Alvaro UrkizaLa lonja del pescado todavía está animada, se venden las últimas capturas del día. Langostas verdes atadas en cajas de poliespan hacen ruidos extraños, silban y agitan a los siluros del estanque y a las anguilas vivas. Compartimos una sopa con los pescadores y contemplamos la ceremonia de la venta de los frutos del mar que se repite cada mañana. Hoy abundaron las barracudas, metálicas y feroces aún muertas sobre el suelo del mercado.

Es difícil imaginar este lugar hace tan solo algunos meses, cuando un lunes por la tarde y sin aviso previo, tres olas gigantes asolaron el litoral barriendo a su paso todo lo que encontraron. Murieron 600 personas.
Cerca de las palmeras al comienzo de la playa, entre botes nuevos varados en la arena, un excéntrico monumento de hormigón coloreado recuerda esa fecha. Es una columna circular sobre la que se levanta un bote roto en dos pedazos y una ola que lo levanta en vilo. A sus pies, una placa describe el desastre con palabras que transmiten aceptación de lo que la naturaleza nos da sin queja alguna. Porque este país, sobre todo esta isla, vive perpetuamente en un ciclo hinduista de nacimiento, protección y destrucción generadora de vida. Brahma el creador, Vishnu el protector, Shiva la destructora, la madre, acunan sus días entre fuego, agua y el mayor deseo de vivir que jamás encontramos.

Este es el país del mundo con más volcanes en actividad, en erupción, y con más terremotos. Sus habitantes están acostumbrados a reconstruir sin detenerse lo que mañana será destruido por poderes que están más allá de lo humano. Volcanes, temblores de tierra, inundaciones, tsunamis, forman parte de la cotidianeidad y son algo que no se lamenta sino que se asume como parte del ciclo de la vida. Y se sonríe, más que en ninguna otra parte del planeta.
En este país de más de 15.000 islas y 250 idiomas, por encima de la obligación nacional de tener una religión monoteísta en el carnet de identidad, los cultos animistas de cada lugar permanecen absolutamente vivos y están mas cerca de lo natural y de lo humano que cualquier libro de ceremonias y rituales importado de tierras lejanas. Biblias, coranes o pergaminos supuestamente revelados por algún Dios. Su sencilla religiosidad original representa la conexión inmediata con la naturaleza de estas personas, el credo de los abuelos, el sentido.

Nuestra sociedad ha primado el entretenimiento, la distracción y el beneficio económico sobre lo más básico, la naturalidad de lo terrenal y el sencillo misticismo de las pequeñas cosas. Somos huérfanos de la memoria de nuestros antepasados, perdimos el contacto con la herencia de los abuelos primeros y ahora flotamos desorientados sin saber muy bien porqué y de que manera comportarnos fuera del mercado global de plástico, luces y asfalto, de tiendas, hipotecas y “sentido común”.

Alvaro Urkiza, SamsaraAquí, en estas islas, aún permanece viva esa conexión y nos sorprende a menudo cuando el turista occidental, que espera ver pobres nativos carentes de todo, encuentra gentes equilibradas de mirada franca y temperamento envidiable.
Si un niño menor de 6 meses muere en el pueblo, por ejemplo, la pareja lo envuelve en telas y lo da al árbol madre, llamado Tarra, haciendo una incisión en el tronco y depositándolo en ella. Se considera que el bebe que aun no tiene dientes no ha adquirido el rango de persona. Se devuelve por ello a la madre árbol que a través de sus raíces mantiene su espíritu, lo alimenta, lo envuelve en su cuerpo de madera y lo eleva con sus ramas hacia un nuevo espacio.

En cada casa, cerca del tronco tallado que está en el centro de los pilares que la sostienen, el que conecta al edificio con la tierra, se entierran los cordones umbilicales de los nacidos allí, para que su energía este siempre en la fuente sagrada de todas las cosas.
Cuando un individuo de esta zona muere lejos de su familia, quizás en el mar, y por ello es imposible celebrar los ritos funerarios con su cuerpo presente, la familia sube a la montaña sagrada y con un sarong, un pareo tubular, anudado en uno de sus lados, recoge el viento que sopla allí arriba. Cerrando el otro lado conservan ese aire y como si fuera la presencia de su familiar, celebran entonces los rituales de despedida para la buena transición al otro mundo del fallecido.

Samsara, Alvaro UrkizaLos ancianos viven cada día mirando al futuro con serenidad, seguros del respeto de su comunidad, dueños del espacio en la casa familiar que sus años de vida les ganaron. Son depositarios de la memoria general, no despojos inútiles que nos recuerdan la muerte que nos asusta y a los que esperamos encontrar hueco pronto en alguna residencia de la “tercera edad”. Aquí, al igual que el nacimiento, es celebrado también el final de esta vida. Se conmemora públicamente, sin duelo, y las tumbas son visibles cada día pues forman parte del paisaje urbano de los asentamientos.

El tiempo pasa despacio, como una brisa suave y cálida; casi sin darnos cuenta entramos al mar con paso tranquilo. El latido del océano suena rítmico en las olas, nada es apresurado. Alguien pesca entre los árboles encima de una roca, esa mujer lleva arroz a su casa en canastos de ratán desde las huertas balconadas. Le sigue a tres pasos un perro color canela.
Escuchamos en el eco de las olas música Gamelán llegándonos desde tierra. Mágica y distinta, nos seduce a entender sin ver. En el agua, entre deslizamientos simples y sin espectadores, saludamos a los barcos que salen a buscar comida del mar, y ellos bracean un adiós sincero desde la estela que se deshace.

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3 comentarios en “Samsara

  1. Beste behin niri atsegin jatan bezala, idatzi ederra egin dozu. Zorionak! oso gustura irakurri dot ta.

    Una vez más, has escrito un artículo con el estilo y forma que me gusta. Zorionak! lo he disfrutado leyendo.

    Itxosu ederrak / Buenas olas,

    Aritza

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