Confesiones de un peatón en Los Ángeles

Es pecado caminar en Los Ángeles. Me encuentro en la ciudad solo, intoxicado de anonimato y endomingado.

Paseo mi palmito buscando carro, desgasto acera. Tararear ya no es suficiente compañía así que termino en el arroyo. En un corro de personajes de teleserie, de muecas vueltas para adentro, salto la mortal combat. Resulta un éxito: la solidaridad de la marginia no es tan cara si se sabe en qué gastar la limosna. Me regalan barato una Chevy mestiza de ruedas gigantes y tapicería canalla.

¡Y que absurda felicidad siento! Saludo a la vida sosteniendo el volante y a la vez le atropello el alma con un destello de protagonista en la mirada. Governator lo sabe y sonríe en los carteles con una mueca de cirugía plástica. Es bolichero el encaje en que se diluyen los comparsas angelinos. Porque a pesar de todo este es un espacio habitado: cientos de parejas hacen el rencor en habitaciones con los demonios de la vulgaridad en las esquinas y el lavabo estropeado.

Chevy, LA, Alvaro Urkiza

En San Fernando Valley frecuento ambientes combustibles y paso el smog test con éxito y trampas. Ya soy Califeño. Fumo con ciudadanos pedestres, comparto con ellos humo de platitas y botellas envueltas en papel cartón. Conversamos al costado de la autopista; en el túnel del desagüe recopilo anécdotas para abrigarme por las noches, después las olvido.

Están aquí putas y mendigos polemizados y hasta polinizados. Pueden repeler con informaciones contrastadas y argumentaciones perfectas cualquier opinión en contra de las suyas. Debates, foros virtuales, llamadas desde cabinas callejeras a programas de madrugada; incluso los teleadivinos ayudan a expresar la legítima voluntad de un pueblo que patalea en un charco de mierda fermentada, perfumado con gases inestables.

Marginia joys, LA, Alvaro Urkiza

Sus esfuerzos son inútiles: nadie desplaza unidades móviles para grabar en las basuras, no hay cobertura en directo para sobredosis de risa adulterada. Me despido de todos ellos y de la ciudad que nunca duerme haciendo un gesto diminuto y me disuelvo en miles de coches que se detienen en cruces y semáforos, que vienen y van, autos de colores brillantes en la gaseosa y soleada mañana de primavera. En uno de ellos viaja una percepción estrangulada. Piso el pedal del acelerador con la rabia sagrada de Itzastilan en las venas. Ahora conducimos al sur, buscamos las olas y hemos estrenado la lluvia.

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