Cuéntame un cuento

Cuéntame un cuento, Alvaro UrkizaEl señor Boucuchet trabajaba en el invernadero de orquídeas en la parte trasera de su casa de campo cuando sonó la campana de la puerta. Desde su jubilación, o retiro como él prefería llamarlo, había dedicado muchas horas a esas flores y hecho grandes esfuerzos por entusiasmarse con ellas. Consideraba su cultivo y estudio como una ocupación muy digna y posiblemente apasionante. Treinta y cinco años en la marina mercante habían llenado su corazón nómada de nostalgias de alguna nostalgia y, habiendo encontrado en esta villa lo que podríamos llamar un hogar tradicional, el señor Boucuchet era razonablemente feliz cultivando orquídeas y plantando en la rutina cotidiana la semilla de lo previsible, la raíz del sedentarismo amable y el fruto de la pertenencia.

Refunfuñando su incomodo por la interrupción, Gustave Boucuchet dejó los guantes y las tijeras de podar junto a los tiestos y las cerveza vacías y se dispuso a abrir y averiguar que quería el que llamaba a su puerta a esas horas tan poco oportunas. Madame Lerrú, su veterana sirvienta, o ama de llaves como prefería llamarse ella, no llegaría del pueblo hasta las once, igual que todos los días, y él había desarrollado un instinto natural para esconder los envases vacíos justo antes de su llegada. Madame Lerrú, en su maternal cuidado de “ese bravo marinero”, acostumbraba a controlar la ración aconsejable de alcohol del señor Boucuchet y este, sintiéndose a pesar de todo un alma libre, compraba a escondidas más cantidad de la permitida y escondía junto a las herramientas los testimonios de su libre albedrío.

Al abrir la puerta encontró en el porche a un hombrecillo mal afeitado y vestido con un raído uniforme levemente oficial que le sonreía sosteniendo un sobre.

-¿El señor Gustave Boucuchet?- preguntó el hombrecillo y, ante la falta de respuesta, continuó – Soy el señor Merciers, de la oficina provincial de Loterías y Apuestas. Traigo una notificación que debo entregarle en mano, señor. Ha sido usted el afortunado ganador del sorteo nacional de este mes, el mayor premio concedido hasta ahora, 6 millones de euros. Aquí tiene señor – añadió ofreciéndole el sobre- Y enhorabuena.

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El rostro de Gustave Boucuchet pasó de la más profunda expresión de desconcierto a la menos amable. De un portazo terminó con la broma y volvió al invernadero maldiciendo al tiempo libre y a la imaginación enfermiza de tanto desocupado, al vecindario, a los políticos y al género humano en general. Tras abrir otra cerveza clandestina, pronto se encontró mejor manipulando pequeños esquejes y trasplantando retoños de Orquídea Miltonia. Consideraba la posibilidad de encender un cigarrillo para acompañar la bebida a pesar de las advertencias de Madame Lerrú, cuando la campana de la puerta sonó por segunda vez.

-¡Esto es intolerable! – Gritó, arrojando los guantes al suelo – ¡Se van a enterar de una vez por todas!

Abrió ahora la puerta con un gesto aun más polémico si cabe y encaró a la visita con su mejor imitación del apocalipsis en el rostro. Encontró enfrente al mismo hombrecillo de antes, parapetado detrás de una mujer de mediana edad con aire respetable y voz segura, que dijo: -Querido señor Boucuchet, me llamo Elise Floraine y soy la directora de la oficina provincial de Loterías y apuestas. Disculpe la interrupción pero tengo el placer de comunicarle personalmente y de notificarle oficialmente el premio que le ha correspondido en el último sorteo nacional, enhorabuena señor Boucuchet.-

-¡Pero si yo ni siquiera juego a la lotería!- gritó fuera de si el señor Boucuchet.

– Querido señor Boucuchet – repitió la mujer- entiendo su sorpresa y su alegría, pero el boleto que conservamos en la caja fuerte de nuestras oficinas está debidamente consignado a su nombre. Solo con una firma en este recibo usted pasará a ser legalmente el receptor del premio.- Y diciendo esto puso en las manos del descompuesto Boucuchet el sobre.

Leyéndolo atentamente, preso ya de la duda y flotando, por así decirlo, en las más altas honduras del desconcierto, el señor Boucuchet reconoció la veracidad de lo que le habían comunicado y firmó el documento.

Bebía otra cerveza sosteniendo aun el recibo, mirando con desgana a los retoños del invernadero, cuando escuchó la llave y un sonido de pantuflas por el pasillo. La señora Lerrú no solo apareció a su lado, sino que se lanzó a su cuello en un desacostumbrado y a todas luces excesivo abrazo.

-Felicidades señor Boucuchet, mi bravo marinero, ¡ha sido usted! Lo sabía, sabía que comprando lotería a su nombre la suerte no podía andar lejos, mi querido, querido, señor Boucuchet.-

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Treinta y cinco años sirviendo en la marina mercante en calidad de segundo oficial habían curtido el ánimo del señor Boucuchet y le habían preparado, en su opinión, para hacer frente a lo que fuese. Había dado la vuelta al mundo varias veces, recalado en lugares que no aparecen en los mapas comunes, transportado materiales peligrosos y hasta soportado motines y galernas. Desde su camarote, rodeado de libros y semanarios ilustrados, había consumido una juventud y madurez neutras, dedicado a esquivar en esos decorados exóticos cualquier desviación de lo habitual. Incluso el trastorno de saberse ganador de tamaña suma de dinero podía soportarlo. Pero un abrazo de Madame Lerrú, envolviéndolo en sus anchos brazos y en su aroma a violetas y cebolla, asfixiándolo contra su generosísimo seno, fue casi demasiado para él y se desplomó en la silla de mimbre del invernadero en estado de franco estupor.

Las horas siguientes fueron de tal intensidad que ni siquiera pensó nuestro amigo en esconder las pruebas incriminatorias que, vacías, esperaban ser descubiertas por el ojo vigilante de la matrona. Rodeado de botellas y paseando aun en bata, el señor Boucuchet contestaba a las nuevas e incesantes llamadas de familiares y amigos, respondía a felicitaciones, muestras de cariño eterno y signos de inconmensurable admiración. La pregunta mas común era la de que haría ahora que era millonario, y las sugerencias no solicitadas variaban entre el: “Ahora a vivir como un rey, ¿eh, Gustave?” y el: ” ¡Una villa en París, la ciudad eterna!” pasando por el:  “Que es el dinero si no se sabe compartir la dicha, querido amigo”.

Gustave Boucuchet era viudo, tenía dos hijos que vivían por su cuenta, uno en París, trabajando en un periódico y la menor casada con un veterinario en Lyon. No mantenía una especial relación de cercanía con ellos, considerando los ritmos de la marinería siempre ausente como los más inteligentes y ajustados a la naturaleza humana. Satisfecho por su éxito conservando el sentido común a pesar o gracias a su profesión, y feliz en el retiro estereotipado que siempre había deseado, consideraba esta noticia, esta alteración, como una provocación en toda regla, un desafío indeseado que, además, parecía exigir una respuesta por su parte, un cambio, una decisión fuera del guión tan deliciosamente establecido.

Es cierto que se sintió joven y veleidoso alguna vez, que soñó con aventuras de intensidad más que leve, que aún conserva las notas de aquella novela empezada en los mares del sur, pero los exámenes de la cancillería de marina, el cortejo de su mujer y el lento devenir de los días en el mar apaciguaron estos desvaríos tan comunes y encauzaron su espíritu en el camino de una vida correcta y tranquila. Tras su servicio en el transporte oceánico y su adecuado retiro en las provincias, esto. – Y ahora qué.-  se preguntaba, entre brindis y llamadas el señor Boucuchet.

Por su cabeza pasó la posibilidad de ampliar el invernadero, de repartir entre sus hijos una gran parte de la fortuna, de hacer obras de caridad o de, incluso, subir el sueldo a Madame Lerrú. Hizo todas estas cosas y también ojeó los catálogos de automóviles que llegaban incesantemente. Pero, en el retiro cada vez más incomodo del invernadero, su espíritu se agitaba, estremecido por algo dormido y despertado de nuevo. El señor Boucuchet había decidido que no era feliz.

Cuéntame un cuento, Alvaro Urkiza

(La continuación y final de esta historia en la siguiente entrega de Cuéntame un cuento)

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