Primer capitulo de MONDO BONZO, la novela

10 ignitio

Este es un libro prohibido, quemado. Se calcinan las letras que apenas llegan a ti. Lees el impulso de contar algo que se convierte en humo. Pero lees.

Dicen que para el que quiere escribir no hay material más fructífero que sus propias experiencias. Os contaré pues acerca de saltar de un coche en marcha, de llamas que lo devoran todo, de cortar troncos y de música hecha con lluvia. Hablaré sobre chamanes ambiciosos, sobre la soledad del objeto no comprado en el escaparate o de las últimas negronas melancólicas. Voy a relataros episodios truculentos llenos de previsiones atmosféricas erradas y de arrebatos egoístas con final feliz.

Puede que me ayude a asimilar lo ocurrido confesaros que el chicle pisado no se despega fácil de la bota vaquera o que Ahmed alias “Dragón Ball” aun no salió de la cárcel. Sabed que el coche que compramos bajo la lluvia nunca vio el final de la carretera y que los chinos tampoco abrieron la puerta el día de los disturbios.

Ella sigue fuera de mi vida y en mi memoria y, sí, puede que me refiera a una mujer y no a una sustancia. Yo continúo mintiendo acerca de mi edad y agachándome en cuanto escucho tiroteos. Como sospecharéis, deprisa en un descapotable rojo el aire lo dice todo. Los caminos recorridos se convierten simplemente en cementerios de memoria que nos sobreviven. En mi opinión, merodearlos es casi igual a las demás opciones.
Quiero explicaros en diez suspiros lo que se maceró durante devaneos vitales en mi exilio mitológico, describir para vosotros la receta perfecta, el soufflé y el aderezo del gourmet. Mi barbacoa existencial.

¿Sabéis? Cuesta creerlo pero Mónica continúa riendo aunque le duele al hablar; bailaba en la mesa de billar cuando los gendarmes le arrastraron a la playa. Os confirmo que al recordarlo vuelvo a sentir el veneno de los escorpiones corriéndome por la sangre.
Autoestopistas que no son lo que parecen hacen de figurantes en mis recuerdos, consumen drogas pasadas de moda. Una puta en silla de ruedas es amada y abandonada. Camas desechas todavía tibias, con todos los demonios de la indiferencia en sus esquinas, son lo último que veremos antes de abandonar otra ciudad. Enumeraré playas, atropellos crueles y quizá describa un entierro pasando por la calle.

Vais a saber, por fin. Escribí tantas cartas sin destino ni remitente, no sirven ahora ni para encender la vieja estufa de leña. En ella quemé los mapas rotos y mal plegados que me hicieron perderme buscando el taller mecánico, el cementerio de los trailefantes.
Intentad entenderme, queridos, sedentarios serenos. Os pido paciencia y os sugiero esconderos.

Frecuenté médicos que hacen ruido al comer, filántropos que roncan, chóferes pedantes y domadores domados. Conocí coleccionadores improbables y fetichistas milagreros. Indigenas sin tribu, paraisos sucios. Torbellinos todos que llevaré sin riesgo a vuestros hogares.

Juro que aunque lo intenté nunca llegué a la estación a la hora convenida, que siempre busqué en cada puerto la mirada que me hiciera dejar de viajar. Que el holandés en éxtasis salió erecto del templo y condujo su moto hasta el ferry esa misma noche. Que desperdicié mi cariño en las mejores trampas. Llamaradas.

MONDO BONZO, Alvaro Urkiza

Es cierto que me emborraché en el avión que me sacaba de allí; la policía me esperaba al aterrizar y el menú de los calabozos extranjeros me pareció mejor surtido que el de los nacionales. En el barrio saben que voy a pagar mis deudas antes o después, se lo he jurado. En cuanto me llegue ese golpe de suerte, que a golpes viene también esa cabrona. Lo contare todo, pero tranquilos, inofensivas comparaciones como esta os provocaran una sonrisa compasiva y hasta una carcajada de vez en cuando.

No dudéis de mis palabras cuando explique la verdad de los senderos barrosos entre lianas, cuando describa meticulosamente lo que se apareció tras beber el cactus, lo que dijeron Huicholes, Tarahumaras y Mapuches. Lo que sucedió en el baño del bar o lo que me hicieron en el colegio.

Como algunos ya sabréis hay en todas las ciudades una estación de autobús en la que nunca amanece. En una de ellas varios fantasmas me prestaron sus encendedores para fumar otra pipa. Absurdo pero cierto lo que le dijo Carlos al dueño de la cantina para que no cerrara. Elocuencias aleccionadoras.

Lo contaré todo, con pelos y señales dejadas por las aristas de la vida. Incluiré también a las estrellas de mar introvertidas y al vendedor de biblias, al último cóctel del bar Despacito y a mis venganzas todas. Escribiré hasta que me duelan los dedos, hasta que no quede un solo rincón del circo sin barrer, hasta que no haya más recetarios y el fuego termine con la historia de mis vidas.

Mi nombre es Bob Gorbea y soy un niño loco. Domino nueve lenguas vivas y he inventado otra que morirá conmigo esta noche. En ella escribo esta historia y combusto lo que prometí.
Hace apenas un rato, la fea cara de la collares asomó por la ventanita de la puerta en su ronda y parpadeó incomoda al ver mis cicatrices, como siempre. A partir de este momento tengo solo cinco horas para rellenar los recetarios y dejaros el testimonio antes de que apaguen las luces. Entendedlo queridos, y perdonad mi precipitación y mi prisa, pues todos arderemos al amanecer.

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