Terapia animal

 Querida amiga, en primer lugar debes disculpar el retraso de mis letras, te lo ruego. Sentarme frente al ordenador desde donde hemos intercambiado tantas confidencias me parecía recomenzar esa espiral de quejas y consejos, de abrazos que no alcanzan y de angustias compartidas que he dejado atrás. ¿La ingratitud del enfermo ya curado hacia su médico? Quizás, o puede que solamente el miedo del convaleciente a la fugacidad de su curación, la necesidad de alejarse de escenarios que recuerden su anterior estado, de lugares o personas que, virtualmente, puedan volver a contagiarle.

Superados esos traumas, siento ahora la necesidad feliz de compartir contigo las buenas noticias. Pues sí, compañera, estoy completamente recuperado, por fin. Vuelvo a hacer una vida normal después de tanto tiempo. Y en gran medida es gracias a ti, a tu paciencia y a tus consejos desinteresados.

Como supondrás, la semana siguiente a nuestro último chat de domingo las cosas volvieron a su estado de siempre, incluso empeoraron debido a una llovizna pertinaz que tiñó de gris hasta las luces de los semáforos. Mi casera me pareció aun menos amable cuando salí de casa el lunes y la huelga del metro me obligó a recorrer a pie el decorado de mi barrio.

En el trabajo, que contarte. Gómez continúa empeñado en humillarme en cada ocasión, su patología neurótica le hace ver en mí a un posible aspirante a ocupar su puesto y se defiende con bromas crueles y encargos absurdos. El martes, Julia, la secretaria de redacción, no se rió tanto como los demás con sus chistes a mi costa, pero tampoco aceptó la invitación tácita a tomar café que le hice con la mirada en el ascensor.

Igual que todos los miércoles, mi madre repasó puntualmente su lista de reproches en la llamada semanal y pareció no terminar nunca de desgranar las razones que demuestran su amor inmenso y su insoportable decepción maternofilial. Además, ahora, ha aprendido a hacer llamadas perdidas y a colgar. La superación de nuestro conflicto edípico me va a salir carísima.

A pesar de sufrir la alergia recurrente que me producen los jueves, acudí puntual a la tertulia del casino. Los amigos aprecian de verdad a alguien como yo, dispuesto a escuchar hasta la extenuación y dotado de un prodigioso cuello que no sufre desgastes ni hernias asintiendo sin pausa a sus historias sobre hijos, mujeres, hipotecas, futbol o actrices eróticas. Regresé a casa tan saturado que vomité confidencias y coñac en la cocina.

La llegada del viernes despierta en la gente una alegría estéril. Suponen ingenuamente que se acerca el fin de su ciclo laboral y, con él, el final de sus rutinas cotidianas. Pretenden ignorar que la semana es mentirosa, pues promete cada viernes su final y descubre su traición cada mañana de lunes. Debido a esa constatación, los viernes me sumen en una tristeza aun más profunda y en un desasosiego mezcla de compasión y desprecio por los demás.

Desperté el sábado con esa sensación subacuática que dejan las noches de insomnio a pesar de las pastillas. Estaba decidido, amiga, a seguir esta vez al pie de la letra tus consejos y poner punto final al infierno amable de mis días. Dirigí mis pasos esperanzados al zoo de la ciudad y compré una entrada de día dispuesto a recorrerlo con atención. Pasear entre las jaulas, contemplar a los imponentes felinos y a los enormes orangutanes encerrados en sus celdas, ver tras del cristal a pingüinos y ofidios, observar el histérico volar de mil pájaros en el aviario, leer las placas con el nombre y número de cada especie a un lado de los barrotes y asistir a la ceremonia humillante de su alimentación periódica acompañado por insolentes niños y padres aburridos y satisfechos, resultó una experiencia inolvidable, una catarsis, una epifanía inesperada y definitiva.

Atrás quedaron el manojo de síntomas que sacudían mi descalabro emocional, las dudas y crisis existenciales que sufría encerrado en una cotidianeidad absurda y alienante. Atrás quedaron también el aislamiento y la soledad entre la multitud de semejantes distintos. Como tú prometiste, querida, la visita al zoo me lo aclaró todo. Pude distinguir que son ellos, los habitantes del parque, los que viven detrás de los barrotes, y no yo. Ellos viven encerrados a ese lado de las jaulas, mientras que yo, sin saberlo, disfrutaba y disfruto del otro lado, de la libertad de movimientos, de dieta, canal de televisión o consumo que nos proporciona nuestra fantástica vida moderna.

Aliviado y agradecido te escribo, lleno de un entusiasmo nuevo y de una alegría sencilla que había olvidado. ¡Quiero vivir y soy libre!
P.D: ¿Te animarías a visitarme?
José Luis Martínez Orillas, Calle 51, sector C, numero 24, C.P. 18.600 – (Homo sapiens)

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2 comentarios en “Terapia animal

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