Línea 17

El autobús de la línea 17 es el más antiguo de la ciudad. Sube y baja las calles del viejo centro jadeando nubes de humo, y bufa un resuello cansado cuando se detiene. Llevo 30 años usándolo casi cada mañana, primero para dar clases en la universidad y ahora para acercarme al barrio de mi niñez y pasear el attrezzo moribundo de la memoria.

Con su formas rechonchas y su brillo metálico, el autobús de la línea 17 parece uno de esos viejos frigoríficos tumbado sobre ruedas y resistiéndose a desaparecer, como un mamut a gasoil, anciano pero rumboso, silbando hasta el final su cancioncilla olvidada. Los turistas, a veces, le regalan una foto al pasar, un premio a su vanidad senecta, a su coquetería de abuelo dandy.

Ya no quedan muchos como él. Se entra en su vientre de ballena amable por la puerta trasera, y aunque ahora funciona con una maquinita que registra sola los billetes del pasajero, todavía conserva el espacio vacío donde antes el revisor cobraba uno por uno a los viajeros. Al contrario que en las ballenas, del 17 se sale por delante y es su boca un angosto pasillo a la calle, dentado con escalones careados que han visto muchas despedidas y hasta alguna cadera rota.

La línea del 17 también es la más antigua de las que recorren la ciudad. Es obvio deducir por su número que le precedieron 16 anteriores, pero todas ellas desaparecieron sustituidas por el moderno metro o borradas por el desarrollo urbano. La línea 17 aun sale de la estación central, un viejo y pretencioso edificio que no ha soportado bien el paso del tiempo, y desde allí serpentea las cuestas y callejuelas del centro, entre parroquias ocres, museos cerrados, casitas de pescadores abrazadas a las laderas y mansiones desubicadas con placas de “aquí nació” en sus fachadas. Son su paisaje diario parques recoletos con fuente y estatua blanqueada, tiendas de ultramarinos añejas al lado de sex shops de barrio y una carencia absoluta de rotondas en su recorrido, que termina al llegar al viejo zoo, hoy reconvertido en jardines públicos y hogar para desocupados.

El autobús es viejo, como estas calles, como yo mismo, y en cada desconchado de su carrocería antes plateada, en el crujir de su amortiguación cansada, en las altas barras bruñidas que sujetaron tantas manos, guarda la memoria viva de la ciudad que recorre. A pesar de los años, continua abarrotado en las horas punta, mis preferidas para viajar con él.

Coincidimos casi siempre los mismos viajeros habituales, reconfortado cada uno en la tangencia cálida y casi rutinaria de (…)

(La linea 17 finaliza en la siguiente entrega.)

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4 comentarios en “Línea 17

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