El fantasma de Steve

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El fantasma de Steve paseaba sin descanso entre los mundos no sabiendo a donde ir.

En su vida anterior fue temporalmente una estrella de rock. Muerto, desubicado y pasado de moda, era incapaz de encontrar su lugar o incluso a sí mismo. Contemplaba sus viejos discos de oro con melancolía y suspiraba frente a los restos de la cama donde encendió su pira funeraria con una colilla. Esa última noche, en el ocaso de su gloria, telefoneó varias veces antes de meterse otra raya y dormir fumando. Pero ella, como de costumbre, no contestó a sus llamadas.

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Han convertido su casa victoriana, aquella que compró con el primer millón de libras, en un museo visitado por algunos nostálgicos de su música y su personaje. Steve recorre los pasillos arriba y abajo, se detiene en la piscina, recuerda orgías pop, tardes de verano, exmujeres e inspiraciones geniales. Aburrido de levantar las faldas del ama de llaves con su mano invisible y de imitar sus riffs y actitudes sosteniendo una raqueta de tenis en la cocina, decidió hacer todo lo posible por aparecer ante el mundo por última vez.

Es duro para un fantasma, espíritu anclado en un espacio de silencio y transparencias, ser incapaz de comunicarse, de emitir un sonido. Más aún para el fantasma de un cantante. En los primeros tiempos Steve consideró la posibilidad de actuar a la manera de un aparecido, manifestándose a los fans en noches de luna llena. Imaginó espectaculares apariciones en el escenario de algún festival, incluso, porqué no, osadas colaboraciones de ultratumba en actuaciones de TV. Soñó entonces con una segunda fama después de la muerte, con su rostro pálido en miles de camisetas, con entrevistas vía médium, con giras fantasmales. Pero hasta el momento todos sus esfuerzos habían resultado inútiles.

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La condición espectral de Steve no iba más allá de la categoría de alma en pena, siempre errante e invisible a los demás. El cantante lamentó profundamente esta calidad de su divagar  y puso todo su empeño en poder ser visto y escuchado de nuevo. Merodeó conciertos y salas de ensayo, entregas de premios y rodajes de videoclips. Gesticuló como antaño, aulló sin descanso, acarició con sus manos de humo las cuerdas de guitarras ajenas e incluso cambió de peinado cortando su legendario flequillo con un estilo más al gusto de modas actuales. Sin resultado.

Pero Steve no se resignaba a este destino anónimo. Pensó, con buen criterio, que otros y otras como él, antiguos ídolos ya fallecidos, tendrían la capacidad de verse entre sí al estar condenados al mismo estado paranormal. Buscó ese limbo del Rock and Roll donde suponía que se celebraban históricos dúos y colaboraciones póstumas aplaudidas por miles de fans incondicionales en el mismo estado postmorten que los artistas. Un tal David le indicó a regañadientes una dirección en el Soho londinense mirándole con su ojo más claro.

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Vestido con sus mejores galas pasó semanas ensayando antes de dirigirse al club invisible, emocionado como en los primeros tiempos. Al llegar, esa noche mágica, contempló las bombillas intermitentes de la puerta, la fila de aficionados esperando entrar al concierto, el cartel anunciando a Brian y Barrett, atravesado por un escalofrío conocido. Steve, se dijo, has llegado, amigo, todo vuelve a empezar. Esto es verdaderamente el cielo tal y como tu lo entiendes. Tienes las alas, el carisma, el talento. Es otra vez tu momento, eternamente. ¡Vuela Steve!

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