Autorretrato ajeno

Que ya no es mío. Lo entreví por primera vez al salir de la gasolinera. Volvía conduciendo de contártelo todo y me topé con 100 razones de ladrillo grafiteadas con mi rostro. Allí estaba yo y no era más yo, eran ladrillos y hierro retorcido, un destino a esquivar urgentemente. Lo pinté hace siglos y sus rasgos están borrosos, deslavazados, pendientes de reforma. Como tú misma.

Desde entonces, igual que Durero, me veo en los paquetes apilados del supermercado, en la publicidad del buzón, en las camisetas de los niños. Sonrío ausente en el cartel electoral, airado en las pancartas. Con la cara sonrosada del intoxicado recomiendo consumo responsable en el spot del ministerio.

Compro todos los periódicos pero es inevitable descubrir mi autorretrato en las portadas y en la sección de contactos. No miro en las esquelas, salto al columnista de la esquina, y ahí estoy otra vez, borroso sobre su crónica anónima. Las teleadivinas tienen mi rostro cuando vuelven a equivocarse, el hombre del tiempo soy yo señalando borrascas que se aproximan.

En el museo, cuadros y esculturas me devuelven la mirada en autorretratos ajenos. Cada protagonista de juegos de ordenador tiene mi cara, gane o pierda. Me consulto en el espejo y gesticulo rápido mirándome de reojo. El reflejo también juega, soy yo, poniendo caras raras y comportándome como un loco.

Comenzó a extrañarme esta profusión de autorretratos ajenos y te llamé por teléfono para contártelo. Dijiste que ya lo sabías, que te ocurría lo mismo, que también me veías por todas partes, en tu carnet y en el vagabundo, en tus padres y en cada rostro de la manifestación. También en mi mejor amigo. Y me dijisteis adiós y buena suerte, deseabais que os perdonase y encontrara a otra mujer, una que me viera por primera vez.

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4 comentarios en “Autorretrato ajeno

  1. Tus palabras me conmueven, las leo y me veo reflejada en ellas. He disfrutado con su lectura, pero hago un punto y aparte y hablo de tus dibujos, son espléndidos. ¡Felicidades!
    Un abrazo

  2. Por suerte no tengo muchos autorretratos, ni ajenos ni propios, en los únicos retratos donde aún se puede ver mi rostro original, es en las fotos que guarda mi madre en un cajón del mueble que hay en el comedor de su casa, un tercer piso sin ascensor, en esas fotos es donde ya casi ni me reconozco, es donde habita la felicidad que un día irradié. Un abrazo Álvaro

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