Sin noticias de los Gómez

Esta para el album

Marco Polo empleó cuatro años en llegar a la corte de Genghis Khan y en regresar abriendo la ruta de la seda y trayendo consigo testimonios inauditos. Juan Sebastián Elcano y 18 supervivientes completaron la circunvalación del mundo en 10 años a bordo del Victoria. David Livingstone caminó  dos décadas buscando las fuentes del Nilo por el continente africano. Ulises, James Cook, Admundsen… para todos estos aventureros y otros caminantes o marinos, viajeros en suma, sería muy difícil concebir que hace dos días Pedro Gómez, mi marido, y yo, despertamos en nuestro hogar y en menos de tres horas volábamos al otro lado del planeta para llegar antes de la cena.

Nos saludan cada mañana

Emocionados y bien pertrechados salimos pronto a nuestra primera expedición. El color de piel nos delata como turistas recién aterrizados. También nuestras expresiones de desconcierto ante el paisaje sobrecogedor y sorprendente, habitual para los locales. Qué decir del idioma, desconocemos incluso su alfabeto, no entendemos carteles y señales. El cambio radical de clima nos asaltó al bajar del avión y sentimos hoy una sensación de irrealidad extraña, como si haber llegado hasta aquí fuese imposible, parte de un sueño. Almas desubicadas, sudamos y nos miramos excitados con una mezcla de expectativas y miedo. Comienza el viaje.

Instantaneas antiguas

La transición desde el comienzo hasta el destino del viaje era antes progresiva, los paisajes, las costumbres y las lenguas evolucionaban al ritmo del paso, cambiaban encadenados en una progresión natural. Los bosques iban raleando al entrar en la meseta, la temperatura bajaba mientras subiamos a esa sierra, los nativos iban mas desnudos en cada isla navegando hacia el trópico. El desplazamiento se hacía comprensible y se enriquecía por el tránsito paulatino. Trasladarse constituía una parte fundamental del viaje, sin la cual no era posible ubicarse, entender donde y porque detenerse y profundizar lejos de casa. Ahora no es así.

Mi marido y yo llegamos ayer y ya estamos perdidos. Según la guía, esta zona de playa promete rincones vírgenes de belleza tranquila, alejados del tumulto de la capital. El taxista no entendió bien la dirección que farfullamos en un intento de naturalidad poliglota. Finalmente distinguió en el mapa el lugar que le señalamos con el dedo y tras una sucesión de baches atravesando asentamientos de chabolas por una pista polvorienta nos dejo aquí, en la puerta del Stone Paradise Lodge. O lo que queda de él.

Ruinas nuevas

Tienen las ruinas antiguas esa capacidad evocadora tan característica, tan romántica. Las pirámides, el Partenón, el Machu Pichu, los castros celtas… recorriéndolos sientes la caricia viva de la historia, la presencia de los antepasados y compartes de alguna manera su cotidianeidad. Percibes cercanos a los primeros abuelos y parece que entiendes más fácilmente el discurrir del tiempo y su lógico discurrir hasta el presente. Pero caminando entre los bungalós abandonados del Stone Paradise Lodge, el desasosiego de las ruinas nuevas nos embarga. Que distinto a visitar nobles vestigios del pasado histórico es estar rodeado de construcciones modernas en decadencia, abandonadas.

El bambú roto de la verja nos acaricia de soslayo al entrar, los tejados de palma caídos bailan al viento músicas que solo escuchan las mesas cojas, las ventanas tuertas, la vegetación que invade el comedor y la piscina vacía. Todo nos habla de la provisionalidad, del fracaso, de la futilidad y de la muerte. Las presencias de los turistas que un día rieron despreocupados allí mismo, la banda de música desganada, el trajín de los empleados llenos de rencor, el dueño extranjero paseandose borracho otra vez, el primer incendio, aquel último incidente, el cierre, y ahora nosotros, imaginándolo todo en los semidelirios de un golpe de calor.

Por la tarde, en el paseo

Mi marido sugirió entonces un cambio de aires y pedimos al taxista que nos condujera de vuelta a la capital, al famoso templo donde celebran unas ceremonias muy típicas. Además se encuentra cerca del mercado central y es imperdonable no pasear por sus puestos multicolores si visitas este país. Condensar nuestro calendario de visitas es fundamental, tenemos pocos días de vacaciones. Los dos trabajamos y disfrutamos de un mes de descanso al año. Si pudiésemos acumularlos representarían 365 días libres cada doce años. Tenemos la suerte de poder hacer que coincidan nuestros periodos de ocio y siempre elegimos viajar al extranjero. Nuestras vacaciones son viajes con fecha de caducidad, expediciones de obsolescencia programada, predecibles paréntesis vitales. Pero nos dan la vida.

En la playa, antes de salir

Aunque organizadas, durante las vacaciones salta la novedad, la sorpresa, donde menos lo esperas. El taxista se niega ahora a llevarnos de vuelta, no contesta a mi marido y se dirige a charlar con un grupo de nativos que ha surgido de los bungalós en ruinas. Discuten contenidos, pero es evidente que el taxista es reprendido por algo. El grupo de extraños parece mirarnos fijamente en silencio hasta que se internan en el hotel abandonado y desaparecen. Van descalzos. Ahora nuestro chofer se despide braceando por la ventanilla desde la nube de polvo que deja su coche al alejarse. Nos miramos sonrientes, ni siquiera le habíamos pagado. En fin, cosas del viaje, ya se sabe. De la mano volvemos a entrar en el Lodge abandonado para pedir ayuda a estos sujetos que habitan en la decadencia de lo que fue y ya no es. Dejo aquí el diario temporalmente, volvemos al Stone Paradise Lodge. ¡El viaje continúa!

En el mercado, ayer
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2 comentarios en “Sin noticias de los Gómez

    1. Gracias Mercedes, son escaneos caseros de viejas instantaneas, esas fotos en papel que se quedan durmiendo en el fondo de un cajon. Espero que tambien el texto sea de tu agrado… Un saludo!

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