Divino tesoro

Siniestras e inmóviles, Alvaro UrkizaQuiero escribir ahora, en mi antigua habitación, sentado en la mesa de estudio y alumbrado por una bombilla que milagrosamente todavía funciona. Como testigos mudos de mi infancia traicionada, los juguetes y los posters me rodean fingiendo indiferencia.

Hace años que no volvía a este mausoleo, al cuarto que sustituyó para mi madre a la figura del hijo que se fue. Aquí aún huele a sus reproches y cuidados, en los cajones esperan las mudas limpias de un niño que ya no existe.

Ella siempre ha coleccionado fotografías, instantáneas enmarcadas que luchan contra el tiempo, contra el orden natural del tránsito. Una batalla perdida de antemano que ha marcado su carácter delicado y, al mismo tiempo, lo ha mantenido en pie de guerra.

Ahí están todavía los viejos cómics, las revistas apiladas y los libros, un ladrillo de anécdotas encuadernadas. También los discos, con las portadas manoseadas y los surcos rayados. Música de modas muertas, himnos a la hormona desatada y al cenicero escondido, estribillos sudados y, en las sábanas, ecos de poluciones revolucionarias llegando juntos de amanecida.

MONDO BONZO, Alvaro Urkiza

Cuánto tiempo hay entre el final de la noche y las primeras luces del alba. Pueden pasar días, años enteros, eternidades de vivencias vagabundas en ese momento mágico. Cuando hay persianas que bajan y otras que suben, abrimos las alas en el mapa secreto de la ciudad, el que se muestra sólo a voladores clandestinos. Cuando se reparte el primer pan, cuando chillan a coro las cafeteras de la escalera, fuimos un día tú y yo la juventud que sueña equivocada, enamorada de sí misma.

Hoy he vuelto al hogar y he decidido escribir aquí, rodeado de fantasmas algo ofendidos por mi ausencia y también por mi regreso. Miro al techo, como tantas veces haciendo los deberes del colegio, y escribo dos palabras: siniestras e inmóviles. Bien, es un comienzo, siniestras e inmóviles. Pero ¿Quiénes, cuántas? Más de una, es obvio. Pongamos que ambas: ambas, siniestras e inmóviles. ¿Y qué más? Es difícil concentrarse en el texto, desde aquí escucho los murmullos con sordina del salón, las palmaditas en el hombro y algún llanto apagado y de rigor. Imagino el cuchicheo en la cocina, a espaldas de mi madre pero lo suficientemente alto para que pueda escucharlo. Dónde andará Mario, como no está aquí, seguro que sigue con la historia esa de su novela.

Ambas, siniestras e inmóviles, si. Y continúo: guardando la puerta sin que sus rostros denuncien emoción alguna. Brillante. Y yo, mientras tanto, con la novela y los concursos literarios, en el disimulo del que juega a la lotería y espera que los demás entiendan que la suerte es suya, que solo se retrasa un poco más de lo previsto. Siempre tarde, dicen en el salón, y su padre aquí de cuerpo presente, él que era tan puntual y mamá y la tía Remedios en el pasillo, mirándome oscuro con un reproche mudo en los ojos, ambas siniestras e inmóviles, guardando la puerta sin que sus rostros denuncien emoción alguna.

Anecdotario, mensaje en una botella, Alvaro Urkiza

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