El Gran Mateus lo cuenta todo

Damas y caballeros, estimado público, bienvenidos otra vez. Tras la exitosa acogida de mi anterior numero “El Gran Mateus ha vuelto a beber” estrenado en este mismo escenario el pasado mes de Abril, y respondiendo a una futura petición del público (pude verla ayer en sueños y la ovación en pie reclamaba más y más) presento aquí la segunda parte del espectáculo mágico de mi vida.

Cuantas veces, al escapar de mis admiradores por la puerta de atrás de algún cabaret, alguien se ha interesado por mis orígenes, me ha mentado a la familia y ha requerido incluso que le devuelvan el dinero. Pues bien, aquí y ahora, en exclusiva internacional, convertiré la historia larga y algo truculenta de mis días en un breve relato lleno de sorprendentes efectos de prestidigitación. Por favor, ruego unos instantes de silencio, querida audiencia.

Nací en un pueblo del interior situado a desmano de rutas transitadas, de cruces populosos o balnearios turísticos. Mis padres disfrutaban de una posición equilibrada entre la necesidad elemental y el amargor de clase. Rurales y hambrientos crecimos mis hermanos y yo sin más ambiciones que perpetuar la tradición de ignorancia ruda que caracterizó siempre a los Mateus. Fuimos filialmente curtidos en la pedagogía manual de mi padre. Pronto adiviné que salir de allí era imperativo y, al hacerlo, comencé sin darme cuenta la carrera de psíquico, de adivino, de telépata y mago que hasta tan lejos me ha llevado.

Estar dotado con La Visión es algo casual, un azar divino, pero extender la fama de nuestro don y rentabilizarla exige trabajo a los artistas del porvenir, sudores sin el carisma teatral que se supone a esta profesión. Escapando de la escuela adiviné el sexo de los hijos futuros en el lavadero del pueblo, intuí borrosos los números ganadores en el casino, acerté el destino del servicio militar a los mozos y elegí el novio más adecuado para la viuda del terrateniente local. Estas y otras gestas mágicas me granjearon merecida fama en la comarca.

Pronto vecinos de villorrios aledaños se acercaron hasta la casa familiar y agolpados en la estancia que hacía de salón, comedor y dormitorio, con los ojos bajos y la gallina del pago entre las manos, balbuceaban tímidamente sus aprensiones, sus cuitas. Yo cerraba los ojos y contestaba tras unos segundos meditando sus palabras. Es curioso cuan pronto entendí las claves de la naturaleza humana y cómo lo aprendido en aquellos días de barro y mulas me ha servido después en capitales de plástico y cristal. Somos todos iguales.

Desgraciadamente, amigos, la envidia es fiebre terciaria de mala cura y muy contagiosa y más cuando despunta el genio entre los lodos de la resignación colectiva. No pasó mucho tiempo antes de que corrillos a la salida de la iglesia murmuraran acerca de mi actividad y se planearan acciones de limpieza moral que incluían antorchas, guadañas y una cuerda de lino colgando del árbol de la plaza. Escondido en el carro de la granja grande arranqué para siempre las raíces que me ataban al destino de los que allá aun seguirán si sobreviven (contemplo a duras penas las predicciones referidas a mi cuna y sus futuros) y partí lejos de tanta ingratitud.

Llegué a la capital sin más posesiones que mi don y un espíritu despierto, curé mi hambre al encontrar en un parque a un obeso delicado, que a la sazón regentaba un pequeño hostal de camas por horas y que se apiadó de mi, explotándome con compasión en labores tales como sustituir las bacinillas usadas de sus empleadas por otras limpias. Pronto supe que aquellas mujeres cansadas y llenas de vida triste y de esperanzas eran un público ideal y aproveché las pausas entre cliente y cliente para ayudarles y confortar sus dudas existenciales.

Eran épocas de blanco y negro solo salpicadas a veces con relámpagos caqui que patrullaban las calles y mantenían el orden y el concierto en un país recién salido de la guerra civil. La guerra la perdió el país, como se veía en el estrangulamiento vital de sus habitantes y en la fiereza dialéctica de los militares golpistas que ahora decretaban el bien y el mal a su manera. Terreno abonado este para que mis características fueran muy demandadas tanto por unos como por otros.

La comunidad de trabajadoras con las que convivía, desde la madame, doña Paquita Zaragozas, hasta la última chacha de provincias que había dado un traspiés con el señorito, todas ellas, acudían periódicamente a mi vera en la despensa donde reposaba en un jergón y sujetaban mi mano confiándome sus penas y solicitando consejo. Yo gustoso y a veces turbado, pues despuntaba en mí la sangre adulta, daba mi opinión acerca del novio casquivano, sobre la conveniencia o no de tener ese niño o la veracidad del caballero que prometía retirarlas y ponerles una lencería en Valladolid.

En esas consultas pasé de niño a hombre acariciado por la tierna y cálida gratitud de mis compañeras. Fui adoptado por ellas y regalado con la generosidad sin fin de las desesperadas. Y pasaron los años, despacio, sin llegar a ninguna parte, haciéndose presente sin llegar nunca a futuro, hasta que cumplí los 17 años.

De todas las pupilas que vivían en casa del obeso delicado, mi corazón joven se encapricho locamente de una: María Alzacuellos Gómez, manchega de porte fino y cabello ensortijado, de mirada somnolienta y sonrisa de copla, pezones de estraperlo y manos juguetonas. Las demás chicas entendieron pronto nuestra especial complicidad, a pesar de ser María la favorita exclusiva de un teniente coronel del ejército de tierra y gobernador militar de la región.

Kilómetros recorrieron nuestras manos clandestinas en los mapas de piel que compartíamos. María se entregaba entera, abandonada hasta en el amor y buscando un éxtasis final que encontró en manos de una partera inexperta. El militar exigió discreción y la obtuvo, mas valía, y yo quede solo y estremecido en la puerta de la casa, llorando despedidas al coche funerario.

Allí me encontró el militar de honra intachable y cruel, y allí se fijó en mí y me hizo una propuesta que cambiaría mi vida. Cegado por las lagrimas del primer desgarro, por el amor roto, no pude adivinar entonces las consecuencias que provocaría aceptar su oferta. Me pregunto, mirándome fijamente, si creía en dios y si sabia conducir y yo, balbuceando, mentí que sí a las dos cuestiones. Y seguí a su ujier, que me disfrazó con un vistoso uniforme y una gorra de plato, vestuario acorde con la categoría de mi nuevo trabajo. Chofer del gobernador militar de la capital del (…)

Este relato completo formará también parte del próximo libro “Triple salto Inmortal”.

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