Memorias automáticas

¿Está grabando ya ese cacharro? ¿Seguro? Muy bien, apriete el botón y empecemos de una vez. Todo sucedió el segundo invierno del 77, el mismo año de la rebelión. Usted ni siquiera había nacido. Recuerdo que llovía mucho, siempre llegábamos mojados a las asambleas del comité, cogidos de la mano y ajenos a la inevitabilidad del destino. Ella trabajaba en el archivo y yo era responsable del taller provincial. Ninguno de los dos tuvimos nunca mucha conciencia política, la verdad; la gran guerra de liberación había terminado doscientos años antes y crecimos en una tierra en paz, unificada por la justicia y la igualdad de raza y condición. O eso pensábamos.

Llovía, y de la mano siempre, cantábamos bajo las gotas que hacían brillar seda bruñida y plata en el rostro de mi amada. La belleza caminaba a nuestro lado, al margen quedaban los problemas que se gritaban en las asambleas y más lejos aún las advertencias del comité sobre la implicación activa frente a la amenaza terrorista. No nos interesaban lo mas mínimo. Nuestros corazones descargaban amor eléctrico de alto voltaje, lubricados en aceite de la mejor calidad sexual. Unión pura y metálica, compenetración de serie y ensamblaje perfecto. La fusión divina de engranajes y circuitos: el Amor. Hasta el día en que ellos salieron de las cloacas, aquel invierno, y acabaron con todo, esos malditos humanos.

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