Tres botellas de vino

Tinto Embruix, bodegas Vall Llach, denominacion de origen Priorat. Volumen 15%.

Somos tres a la mesa, Albert, Jordi y yo. Jordi llega tarde porque está mirando inmobiliarias: dice que se hartó de la ciudad y quiere mudarse al campo. Albert y yo le esperamos para comenzar juntos el maridaje. Albert sale a menudo a la calle, continúa intentando dejar de fumar en una espiral de culpabilidades y caladas en éxtasis. Por fin se presenta Jordi y aparece también el vino, fresco y discreto. Muestra carácter en nariz y un regusto ferroso en la boca. Los tres coincidimos en el curioso tono del caldo y brindamos por la nueva soltería de Albert que, por si acaso, ha apagado el teléfono.

En una mesa numerosa (de más de 1) resulta significativo quien se ocupa de llenar las copas vacías. Me pregunto, mirando las lágrimas que derrama el líquido y sintiendo los taninos, si ello implica algún sentido de responsabilidad, un ejercicio de anfitrionaje o simplemente prisa por beber.

Albert traga despacio y paladea con un chasquido de la lengua, herencia de alguna de esas catas donde enseñan a beber correctamente y que suena un poco forzado. Se relame con los ojos cerrados e insiste: no puedo más. Nos conocemos hace años, sabemos que su ex mujer odiaba el vino y los cigarrillos, que nuestro amigo llegó a beber en el garaje, a fumar en el portal y a detenerse en el camino a casa para hacer las dos cosas. Ella nunca supo lo de alcohólicos anónimos.

Aunque los tres manejamos la última tecnología, asentimos cuando Jordi reivindica el campo, el agro simple y benefactor, raíz de la cepa, del sarmiento y de la uva, y bebemos otra copa en honor de Baco y de nuestra relación indisoluble con la madre tierra, con lo verdadero. Educadamente, solicitamos a la camarera que suba el aire acondicionado.

La segunda botella de Embruix, como suele suceder, nos habla más de cerca, a media voz, como alguien conocido e íntimo. Reímos cómplices comentando el anecdotario de actualidad. Albert, que se aguanta las ganas de fumar y dice que controlar los hábitos es cultura, sugiere terminar el vino e iniciar una ronda de licores digestivos. Jordi esta serio, dibuja formas con las migas de pan y suspira, hace rato que solo bebe y asiente. La tertulia languidece dulcemente, las copas se vacían poco a poco, los paladares se llenan de caricias y una nube sobrevuela el mantel tapizado con goterones rosados.

Jordi rompe su silencio y saca el tema de la paternidad responsable. Con un gesto de mano encopada dice no querer hijos aunque lleve intentándolo desde hace años. Dice que el deseo de Marta, su pareja, no influye; el vulgar lugar común del arroz pasado, del demasiado tarde. Según él, solamente en un espacio natural, alejado del asfalto y de las prisas, merecería la pena reproducirse. Estamos de acuerdo. El maître sonríe y trae la tercera botella que celebramos con un hurra discreto y aspavientos aliviados.

Entre amigos, y con un buen vino, el tacto se da por hecho. De refilón y con cariño se toca el tema de mi despido. Rápidamente se generaliza hablando de lo difícil del momento o de la complicada situación global. Brindamos otra vez, copas en alto, por la salida de la crisis y, al llenar la última copa, el vino se despide con un goteo escueto, entrañable, cuarto amigo invitado a nuestra reunión mensual.

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2 comentarios en “Tres botellas de vino

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