Hacker mate

Los periodistas esperan tras la puerta y la 38 duerme cargada en el cajón del escritorio. Es el final. Se tambalea un imperio (si se me permite ese calificativo grandilocuente) construido durante años de trabajo arduo y dedicación. Todo es inútil ya;  blindé los accesos, construí vericuetos angostos para acceder a los datos, pero nada impidió a esas ratas mordisquear mi queso. La era de la impunidad ha terminado. Martina me confirmó ayer por teléfono que tienen las cifras de los últimos seis meses.

-Saben a quién, cuanto y hasta cuando – expuso escueta- es solo cuestión de tiempo que lo divulguen.

Martina es de total confianza, yo mismo costeé sus estudios en Princeton y sus prácticas en el valle del sílice. Pero ni ella ni cien como ella pueden detener este cáncer que nos corroe. Esos vampiros son cada vez más audaces, atrevidos, irrespetuosos; no podemos predecir donde asestaran el próximo golpe. Cosas de su condición y su carácter.

Y es que la infancia es diestra imitadora, terreno fértil para el aprendizaje, un espacio soleado donde brotan los genios tempranos, los malditos maestros. La paradoja está servida: les vendimos las herramientas con que ahora nos derrumban. Ni una escuela sin su ordenador, ni un hogar sin una terminal cada vez más poderosa. Nos hicimos ricos con las armas que nos disparan. Terminó la partida y han ganado ellos. Hacker mate.

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