Antípodas

Cuando los espráis se acaban y ya solo escupen gotas sin pigmentos, cuando aúllan al alba las primeras sirenas del asfalto, cuando en la estación central salen los trenes huerfanos de adioses, llenos de legañas y de miedo, cuando se apaga la maquina vital y en el pasillo los parientes reciben la noticia, cuando la sangre sonámbula vuelve a engañar al hambre y cierras el baúl de los ahorros, comienza el día.

Cuando resuenan los tacones que hacen eses sobre la acera mancillada, cuando huele a café en la casa que no es casa, cuando hay persianas que suben y otras que bajan pero todas cruelmente puntuales, cuando arrancan los motores del futuro en la congestión de la autopista, cuando el locutor carraspea en antena mirando a la luz roja, cuando aterriza el correo de Argelia sin noticias, cuando las olas despiertan en la playa y salpican al que asoma sus misterios, comienza el día.

Y anochece en Japón, hasta mañana.

 

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