En la espiral

 

Hoy volví a despertarme en la vieja biblioteca. Caminé cojeando entre los estantes llenos de libros, confundido. Pasado un rato recordé lo que buscaba (lomos de cuero, títulos). Al fin, como siempre, descubrí en la balda más baja el volumen dorado. Leí su titulo vocalizando en voz baja, “Los gatos no tienen bandera” y lo abrí por el segundo capítulo:

 Capitulo 2: El cartero de Sawlton

“Sawlton es un pueblo pequeño. Apenas cien familias se apiñan en una ladera de las colinas dedicadas desde siempre a contemplar cómo crecen los robles y, en los últimos tiempos, también a lamentarse por la construcción de la autopista. Yo soy el cartero, me llamo Peter Jones pero todos me conocen como Sloopy Pete por algo que sucedió en mi infancia y nadie recuerda.

Ya hace tres meses que casi cada mañana me encuentro con el gato amarillo y negro al salir a trabajar. Descansa de no sé qué ajetreos nocturnos y me mira complaciente a veces, lamiéndose una pata subido a la valla de los vecinos. Ayer me habló. Saludó cortés y me dejó helado. Con tacto supo infundirme confianza y recuperado de mi sorpresa, escuché lo que quería contarme.

Querido Sloopy – me dijo el gato – has de saber que en el futuro tendré un hijo y recuerdo que el concebirá a su vez otro, mi nieto, una gata hermosa y blanca llamada Sybil. Sybil es feliz. Se ha acostumbrado a las luces de neón y al zumbido monótono de las maquinas. El doctor Shift es amable; han probado juntos los trajes despresurizadores. La comida no es tan mala y saber que harán juntos el primer viaje hasta Alderion mitiga su inquietud durante las noches en el laboratorio.

Un mes después vuelan ya por el espacio y flotan sin gravedad dentro de la nave, vestidos con sus trajes espaciales confeccionados a medida. Es encantador mirar a las estrellas por la escotilla de babor y pasan horas contando constelaciones que el doctor apunta cuidadosamente en su libreta. Una mañana del segundo mes Shift frunce el ceño mientras escribe y levantando la cabeza se dirige así a Sybil:

Sybil, compañera, nunca te he hablado de mi amigo Ben Hopkins y de su increíble poder. Creo que ha llegado la hora, escucha atentamente. Ben fue un niño normal hasta los doce años, un pelirrojo simpático y pecoso conocido entre los chicos de mi suburbio por sus larguísimas meadas. Correteábamos traviesos y felices; el tiempo pasaba sin dolor allá en Baltimore. Unos días antes de su decimotercer cumpleaños, Ben sufrió unas extrañas fiebres que le mantuvieron en coma durante meses. A pesar del diagnostico de los médicos, Ben se recuperó y parecía fuera de peligro. Pasaron dos años. Una noche de tormenta sus padres salieron aterrorizados de casa y corrieron hasta la comisaría del barrio, empapados y llorosos. Explicaron a la policía que su hijo les había contado algo escalofriante antes de desaparecer en una explosión cegadora, dejando solo una nube gris deshaciéndose como jirones de memoria. Declararon entre sollozos que Ben entró en su dormitorio con el cabello rojo erizado, cargado de electricidad como un gato y que mirándoles muy serio exclamó:

“Padres, en cada isla deshabitada hay un tesoro que dejo el pirata holandés Mauritius Nelson antes de morir, un tesoro del errante en forma de historias que cada noche se manifiestan durante el sueño. Ay de aquellos que no abren el cofre del tesoro, pues su alma se retrae y muere poco a poco. Y afortunados los que por el contrario abren esa puerta a las dimensiones insondables de la imaginación, pues no terminará nunca su viaje sorprendente e inexplicable”. Después de eso, la explosión, el susto y su desaparición para siempre.

El agente Dawson estaba de guardia esa noche y como buen irlandés escuchó imperturbable la historia de los padres de Ben y la describió después con detalle a su mujer Mae Ly, una cantonesa llena de fantasía y propensa a beber con generosidad licor de arroz aromático. Esa noche Mae, fumando en la ventana después de hacer el amor, recordó a su familia en China y especialmente la leyenda de su tío Jiao, el buscador de recuerdos en las cantinas del puerto de Shangsei. El borrachín de Jiao recordaba el futuro, como los gatos. Recorría las tabernas del puerto, a veces con su sobrina Mae cogida de la mano, ganándose unas tazas de licor de los parroquianos entre hipidos confusos.

Una noche especialmente cálida del monzón, Jiao se recogió con su sobrina tras unas cajas de pescado para beber una botella, cortesía del dueño de un tugurio deseoso de que dejara de asustar a sus clientes con predicciones funestas. Se acodaron en el suelo y contemplaron el agua del rio deslizándose perezosa hacia el mar. Jiao bebió un largo trago de la botella y mirando a los ojos de su sobrina comenzó:

Hoy volví a despertarme en la vieja biblioteca…

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