El taxidermista

El disecador es un anciano meticuloso. De todos los sentimientos y opiniones que almacena en su taller escoge los mas decorativos y los conserva para siempre con gesto natural. Unos ojos de cristal brillan reales en esa cabeza que duda, luce peinada a conciencia la melena del arrepentido.

Su reputación es excelente, disfruta del trabajo bien hecho. Acepta ya solo encargos interesantes a los que dedica tiempo y atención. La taxidermia emocional colma su espíritu; fue su vocación temprana y continúa apasionándole. Embalsama gestos, inmortaliza expresiones, perpetúa posiciones dialécticas y arrebatos de conciencia. Las certezas son su especialidad, aunque sus resultados con momentos de análisis y reflexiones erradas decoran salones de todo el mundo.

El interés que en él despiertan la vida y las costumbres de los seres humanos, la belleza y variedad de sus sentimientos y la necesidad de su estudio, han sido sin duda el origen de coleccionarlos. La mentira de su mujer momificada en un segundo de excusas y traición reposa en el dormitorio rodeada de helechos, le decisión de su hijo de no seguir sus pasos y dedicarse a la abogacía permanecerá siempre detenida en la esquina del recibidor.

Ahora prepara ilusionado su mayor obra, su último testimonio para la posteridad. Hace días que no come y se sumerge con regularidad en baños de formol diluido. Confía en su habilidad, en su talento. Cuando lo encuentren, no cabrá duda de que su expresiòn es la viva imagen del desprecio.

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