El vuelo del caracol (Continuación)

Subiendo casi sin ahogos la pendiente, decidido, aunque apoyando una mano en los contenedores de basura, F. alcanza las aceras de la calle Entrevías y descansa un momento. Se acuerda del doctorcito en el centro de salud y de sus recomendaciones y sonríe de nuevo. Templado, continúa con su monólogo interior y revive el sueño que tuvo anoche:

“Estoy en mi balcon, el caracol descansa en los geranios. Quizás duerme después de un atracón de pétalos. Sostengo su concha en espiral y lo lanzo al patio; cuando aterriza, se escucha un crujido esperado. Asi termina su viaje a través de las ramas, el pasear audaz de ese Ulises herbívoro entre hojas y tallos. Intrépido y gratificado, es sujetado de pronto por una fuerza incomprensible, lanzado por los aires. Puedo sentirlo volar ignorante de lo que sucede, escuchando agazapado el silbido del aire fuera del caparazón. Unos segundos de pausa antes del impacto, la oscuridad, la inutilidad de todo propósito, la fugacidad y el sinsentido”.

Cabecea F. girando la esquina de San Antonio con Cortes. Deben ser esos antiinflamatorios para el dolor de oídos los que me provocan estas pesadillas raras, piensa, me descomponen el estómago. Y decide que la Meriendacena con una cerveza es lo mejor para serenar y despejar. Aproa hacia el Bar sin titubeos.

Antes, en la fábrica y en los primeros tiempos de su jubilación, F. no perdia el sueño con  reflexiones semejantes. No tenía tiempo. Sus compañeros de trabajo fueron muy amables, se organizó una cena de despedida para conmemorar su marcha de la fábrica. Hasta el encargado de recauchutado y gaseosos dijo unas palabras en su honor, algo emocionante sobre fidelidad y productividad; brindó con cava y se sintió casi más conmovido que en el entierro de Elena.

Los viejos compañeros de la empresa no le dejarían solo, no, pronto le visitaron en casa. Los vio a través de la mirilla de su puerta como uniformados, calzando deportivas que contrastaban con su ropa de domingo.  Eran tres y todos sostenían el periódico enrollado en las manos: el comité digestivo del miraobrismo militante. Incluso desde dentro, F. pudo sentir el olor fuerte de su after shave, el mismo en los tres rostros sonrojados por la cuchilla reciente. Le invitaban con una sonrisa fraternal a salir con ellos, a unirse a sus devaneos urbanos, a convertirse en un miraobras profesional y a enriquecer la fauna de las calles desafiando a la muerte.

El nuevo cuarteto componía un grupo heterogéneo pero compacto, completaban con sus personalidades dispares un todo que inspeccionaba zanjas y andamiajes sin descanso. Secundino era el líder de la manada, el miraobras alfa, el impulso maestro que les arrastraba cada mañana hacia su ritual. De la tropa, Jesusin era el más arriesgado, casi un temerario. Desoía las advertencias de Secundino y de los capataces, que a menudo le gritaban entre nubes de polvo y ruido de maquinaria. En su asomarse suicida a vallas y camiones marcha atrás, en el acercarse demasiado a edificios con peligro de derrumbe y a encofrados aun frescos, Jesusin añadia adrenalina y riesgo de novedad a la vida miraobrista del grupo. Siendo este riesgo, el de la novedad, el mayor y mas escaso de todos vista su edad y condición, los demás agradecían estos alardes. Por el contrario Paco, el tercer mosquetero, era espada silenciosa, observador siempre en un discreto segundo plano, inmóvil, a veces sosteniendo el pañuelo en la cara para protegerse de la suciedad del aire. Paco no hablaba mucho, pero nadie como él sabía donde encontrar las mejores obras de la ciudad, su estado actualizado, el nombre de la empresa, el número de operarios. Su ayuda era inestimable cada mañana cuando se reunía el comité en el parque, todos envueltos en una nube del mismo after shave, con idénticos periódicos enrollados en las manos y convenientemente calzados con deportivas del mercadillo de los jueves. Paco desgranaba un informe detallado de la situación con gesto hermético, mirando sin pestañear hacia un punto más allá de sus cabezas atentas.

Mientras Jesusin se lanzaba audaz a la posición más privilegiada para contemplar las obras desoyendo advertencias y admoniciones y Paco permanecía absorto e inmóvil a una distancia prudencial, su líder, Secundino, gustaba de comentar, a veces a gritos, los progresos de la construcción. Sus críticas  eran acompañadas con gestos de exasperación y sazonadas con improperios escandalizados por la inoperancia de los trabajadores, por su falta de profesionalidad o por su vagancia. Él dirigía en la sombra, capataz del karaoke industrial, y se congratulaba cuando coincidían sus diatribas con lo que se hacía en el perímetro de la obra . Pero tú puedes creer, ¡habéis visto! , gritaba, ¿Eso es un encofrado? señalaba iracundo. Se cae, se cae, os lo digo yo, las primeras lluvias que vengan fuertes no las aguanta el muro maestro. ¿Veis? Si, así si, señalaba con una sonrisa, como yo he dicho, metiéndole refuerzo, eso es, bien, ¡así bien!

Recuerdos de esos días le rondan a F. la cabecita loca pero de demencia socrática. Aun no sabe cómo, pero las rutinas de la fábrica y esas rutinas miraobristas con el grupo de jubilados, ambas narcóticas, sustitutivas y antagonistas de cualquier impulso personal, han dejado paso ahora a la libertad.  Cabecea suave esta vez y enuncia para sí.

Hábito.- Adicción, costumbre, vicio, manía o manera. Ropaje monacal.

Acpn.- Rutina, sentido común, miedo. Vivir..

Latn.- Comerse las uñas, los mocos. El café solo.

En estas divaga F. cuando divisa puerto por fin y atraca decidido; hemos llegado al Bar. El Bar Caribe. Al fin respiras, canalla, se dice al entrar hecho un Magallanes de aceras y golfos, patron de portales y estrechos callejones. Y reflexiona sobre su anterior encuentro con la Negra. Que hablara con el morito Driss pase, pero las carcajadas a mi costa no se las paso tan fácil. Negra idiota, ya veras cuantas vueltas puede dar la noria del azar. Mala Negra. ¡Y con lo que yo la quiero! En  fin, ponme una cañita, Chus, majete.

Dos horas después continúa hablando apoyado en la barra y fumando un cigarro. Habla a los vasos vacíos y también con Jesusin, compañero de jubilación y exmiraobras valiente en su antiguo comando, que eructa y se mira las venas de la nariz bizqueando. A Jesusin suelta la perorata, a Jesusin el arrojado, el primero que le llevó un atardecer por estos lares tras su periplo diario del ladrillo. Jesusin le enseñó el gueto, le abrió los ojos a una realidad clandestina, a un espacio lleno de emoción y posibilidades. No volvieron a pasear con el grupo nunca más y estas calles y estas gentes se convirtieron en su verdadero hogar. De las obras e infraestructuras al placer sublime de la jardineria en el gueto, a la botanica urbana en el jardín rojo. Mucho mejor, donde va a parar.

F. es un narrador formidable, esta pletorico. Desgrana incansable perlas como esta: Mientras tanto, cariño, le dije mirándole a los ojos, no me mientas así, que así es la vida, que también me tocó a mi sin participar en el concurso. ¡Je! No entendió nada la rubita pero la cosa es que le saqué de la habitación antes de que llegara la policía y antes de que me hicieran efecto las pastillas que me había puesto en el gin tonic. Si es que tenía poca gracia y poco disimulo en el oficio, pero miraba con ojos de campesina asustada, y eso me pudo. La que armaron los cipayos y yo aguantando el sueño hasta que me dejaron en paz. Pausa de efecto, trago, y F. sigue perorando satisfecho, veterano paladín de tertulias de barra. El sentido de la vida… tú lo encontraste en la industria automotriz, Jesusin, igual que yo, y se te cayó un día al suelo y te dejó en pelotas, y menos mal que buscaste mas allá y encontraste y me sacaste de ese sarcofago de las obras. Ser o no ser, he ahí la emisora. Mejor putero que miraobras. Almas curiosas, valientes hermanos somos, caminamos lo rojo con con una azulita en el bolsillo, amiga de refuerzo solo para casos de extrema necesidad, que es todo mental, mental. Mírame a mí. Gesticula F. un braceo senatorial como exponiendo a la mirada de Jesusin sus posesiones, su imperio, su obra, su vida toda. Los pajaritos cantan por la mañana, abro los ojos como siempre pero ahora la persiana se me levanta sola. Ya es de día, coño, me digo, borracho aun y sin intención, te lo juro, Elenita. Me pasa a veces, abro los ojos y veo la vida por delante y le hablo al vacío de la cama que dejó mi señora que en paz descansa, en fin, a ver que hago hoy, me digo, y encaro la jornada con la sensación de que cualquier cosa puede suceder, de que construyo algo en mis horas, que no están muertas, sino más vivas que nunca. Ponte una cerveza  per cápita, Chusin, anda majo. Pausa, trago, y nuevo enunciado enciclo pédico.

Libertad.- Del telespectador ante el mando a distancia. Propia o ajena. Hay que ganársela (no te jode).

Simn.- Titubeo, vacío, desconcierto, entelequia.

Music.- Sin duda libertad, un navío llamado, abre la muralla.

Porque ahora, por primera vez en su vida, siente F. libertad de erección, libertad que le ha devuelto al despertar los tarareos de antaño y el desayunarse calendarios en forma de cañita brava y albóndigas caseras con opción a chupito de hierbas cuando cunde el entusiasmo, cosa no poco frecuente. Quiere a su familia de la calle, hasta a los policías de uniforme que, asustados, ponen cara de no tener miedo (excepto el inspector Ceballos, claro está, que arrastrando una mancha en su expediente continúa en el barrio ad infinitum, formando parte, como las farolas, del mobiliario urbano y que miedo solo tiene de que le cambien de destino a estas alturas).

Se recrea F. en sus rutas callejeras, goza de los itinerarios: desde el bar y su piscolabis hasta el locutorio atestado. Hay que controlar a la raza llegada de ultramar con sentido de paternal vigilancia veterana. Después a casa de La Negra, a su nidito, y de allí a la calle otra vez, su espacio natural y el de sus nuevos compañeros de vida y muerte.

Y ya basta de beber Jesusin, que voy por el locotorio a mirar que se da por mis patios. Mientras tú visitas a tu gitanilla, que un día te cortan los huevos la familia, aunque el riesgo es lo que te va, ¿eh, cabrito? El riesgo y la velocidad con tocino, golosón. Anda, vé, suerte y hasta luego, noruego.

El tambaleo suave de F. parece casi un bailecito acompasado al ritmo del barrio. Camino del locutorio, llevado por un impulso cósmico, por un fuego que lo vence todo, engulle sin disimulo media azulita con la sola ayuda de su saliva. Es la llamada de la pasión. Nunca se sabe, piensa, pero algo le dice que esta noche será movidita.

Una pequeña multitud adorna el portal y las inmediaciones del Locutorio Casablanca. La necesidad de comunicación se solventa aquí de varias maneras. Telefonos, ordenadores y programas de conversación económicos permiten contar que todo va estupendamente a la familia y amigos, que en el lejano terruño son incapaces de adivinar un estómago vacío o un cardenal en el ojo, un tacón roto o sueño acumulado en días confusos.

Por otro lado el inmueble mismo del locutorio es mentidero y plaza, centro de reunión, cocedero de intrigas y noticias, punto de encuentro y puesta a punto, el corazón mismo del barrio. Esta noche predominan los árabes y los islámicos en general, pues es viernes, día sagrado de sus religiosidades. Con rostros serios, contritos casi, hacen guardia y esperan turno. Nadie como ellos sabe gastar acera  con naturalidad. Pueden permanecer varias horas deambulando y agrupándose en pequeños corrillos con aire casual, sin hacer nada  pero dando por supuesto con miradas y actitud que su presencia en la calle obedece al orden lógico de las cosas.

F. lo sabe, igual que sabe ya distinguir casi al mirar y con seguridad al escuchar, a un argelino de un bereber del sur de Marruecos, a un ecuatoriano de un colombiano, a un senegalés de un brasileño, siendo estos dos últimos del mismo color negro. Y es que hay que ver lo que se aprende en estas calles. De todo el mundo hasta su mesa, producto fresco, vivito y coleando que alimenta el espíritu de este antiguo trabajador de la fabrica de neumáticos y exmiraobras redimido. Ahora que sabe, que ha probado y bailado, deliciosos le parecen el cebiche y los patacones, el cous cous y el tagine, ritmos pegadizos la cumbia y el rai, el merengue y el reggae, bailable la rumbita catalana, mágico el sonido de la Kora. Ha descubierto que los negritos del Cola Cao de su infancia solo poblaban caribes y pacíficos océanos porque fueron arrancados de sus ciudades en  África y llevados a trabajar como esclavos por el mundo, cosa que, piensa, no difiere mucho de su situación actual. Sabe ya que los moritos que conoció vendiendo hachís a la puerta del cuartel en Melilla y los pastores costrosos detrás de la verja fronteriza no son representativos de la morería toda. De los chinos no sabe tanto, más que siendo trabajadores, ahorradores, de pocas palabras y mal pronunciadas, son también de poco vello facial y ellas, las chinas, de piel sedosa y muy blanca, aunque poco dadas al roce con otras etnias. Sabe también que en sus tiendas y a cualquier hora puedes encontrar suministros a buen precio y que, en definitiva, de reencarnarse en gato no frecuentaría los alrededores de sus restaurantes.

Algo ha ocurrido, ni bueno ni malo, se nota en la densidad inusual de los grupos alrededor del Casablanca, en las miradas aun más excéntricas y desenfocadas de sus componentes, en los pasos sobre pisado que no avanzan y en el sujetar paredes con los hombros por parte de la concurrencia. Abre espacio F. y ocupa lugar cerca de la puerta, desde donde domina la calle y puede al mismo tiempo charlar con Abdulkader, el encargado, sentado a su mesita con aires de oráculo virtual, pegado a esa silla extensión de si mismo y diríase que trono del bien llamado Locotorio.

Abdulkader I es monarca absoluto del lugar,pero benigno, y comparte la información que enseñorea con algunos escogidos como F., quien apea el debido tratamiento al dirigir a su majestad un “que pasa por la calle, Abdullah”.

Al magrebí le sudan perlas de las pestañas y del labio superior y no es solo debido al calor. Son esas gotas denuncias mudas de agitación regia, severa y concentrada. Aunque tenso,  Abdulkader responde un sereno “nada” a su interlocutor.

Mentira-. Discurso ad hoc, versión doblada. Declaracion ministerial.

Sin. Emt.- Causa y efecto, obra literaria, explicación. La Verdad.

Antma.- Piadosa, deleznable, común, leve, mortal de necesidad. Informe del agente Ceballos.

F. sabe distinguir las mentiras además de definirlas para su diccionario personal. Quiere saber, así que se inclina acercando el oído al rostro del monarca y con un mirar hacia el fondo de la calle pregunta de nuevo.

¿Y que ha sido? Abdul, con gesto de ventrílocuo en trámites del segundo divorcio y triunfando en Las Vegas, transmite La Noticia: Arafat, el jefe de la comunidad Argelina, esta buscando a Driss por una perdida importante e irreparable y cuando lo encuentre lo va a matar despacito. No se sabe dónde se esconde el perseguido aunque se sospecha que con alguien cercano a F. ¿Mi Negra? No lo se, F., pero podría ser, yo de ti me daría prisa. Gracias Abdullah, eres una estrella por todo lo alto y por todo lo ancho, te debo otra.

Porque Abdulkader, todos lo saben, fue extra de cine en varias superproducciones alauitas realizadas en los estudios de Ouazarzate y aún hoy guarda un par de fotos arrugadas posando abrazado al protagonista masculino en una piscina de hotel.

Parte raudo F. cual velero bergantín, despejado de golpe, más cuerdo que nunca y derechito al piso de su Negra, dispuesto a aclarar las cosas, a mandar a ese Driss del demonio a liarla a otro lado, que ya le vale a ese desastre con patas, que todo lo que toca lo jode.

Conoce a Driss casi desde el principio de sus días en el barrio. No fue difícil fijarse en ese jovencito delicado, casi un niño, que vagaba como alma en pena, separado de cualquiera que se acercase excepto de los gatos callejeros, igual de oscuros y encorvados bajo su nube de pesimismo y dolor portátil.

Driss hablaba poco y con acento del sur de Marruecos aunque en realidad había nacido en la cordillera del Rif. Siendo un niño su familia emigró hacia la fortuna prometida en la frontera con el Sahara, en el oasis  de Goulemin. Allí creció y allí, entre bostas de camello y patadas a piedras fue seducido por el encanto cosmopolita del maduro empresario del pescado Luis Sotomenor. Volaron juntos a Canarias desde El Aaiún y en las islas todo fue felicidad hasta la visita del abogado de doña Mónica Sotomenor con una abultada carpeta llena de fotos de los dos y documentación acerca de un ruinoso divorcio para el empresario enamorado. De ahí a la separación, a la calle y la soledad nómada todo fue un abrir y cerrar de puertas para Driss.

Las Palmas de Gran Canaria, con su carnaval patrimonio de toditas todas, fue crisol, fue episodio no emitido, fue adicción, toque de retreta y de fondos, malos fondos, para  un Driss que rebotando acabó atrapado en barrios ya conocidos. Llegó a nuestra ciudad y aqui encayó  tras defecar un kilo de bolitas de hachís doble cero en la cifra del cheque mal firmado y nunca cobrado.

Simpatía no le tiene F. al muchacho, aunque quizás si afecto paternal inevitable, nacido en la mirada perruna del morito, en los lacrimales secos que le recuerdan a su Elenita, tan cerrada de orificios pero tan fiel, no como su Negra que aúlla pleniorgasmica en noches de multilunios, esta negrona compartida con ese cabrón con pintas, ese morito solitario que ahora se esconde entre los faldones bahianos de la (…)

La continuación y desenlace de las aventuras de F. estarán a vuestra disposición dentro del libro “Triple salto Inmortal”,  publicado próximamente por Las ediciones del Albatros.

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