Hacerlo con Teresina Ortega

Otoñal limpiadora de casas, esta chacha proverbial y sin depilar me abrazaba sujetando la foto de su marido perdido en el mar hace cuarenta años y una papelina. En su casa aprendí a desarrollar esa ética nueva que brotaba en las ruinas del río. Me refugiaba allí absolutamente colocado o simplemente hastiado de la fábrica y de todos cuando no tenía donde caerme muerto. Ella siempre me acogió como a un hijo, con las piernas abiertas y la cartera escondida donde yo sabía.

Teresina era de hábitos moderados, racialmente obrera hasta el tuétano, orgullosamente adherida por amor y destino al bando que perdió la gran guerra. Miraba de frente a la vida, sin hematomas en el alma, y vivía sin disonancia elitista alguna excepto al follarme. Le encantaba disponer con tosca pero enérgica imaginación decorados de fantasía y proponer situaciones excéntricas para el acto. Exigía que me duchara siempre y se vestía con piezas de lencería inverosímiles sustraídas en las casas de alcurnia que había limpiado durante años. Yo se lo hacía suave y con amor, a veces derramando lágrimas en su hombro, estremecido de gemidos encima y dentro de ella, que me abrazaba mientras le goteaba agua y semillas. Después, siempre, me regalaba por lo menos dos dosis más de las que le compraba para revender. Ave María, santa Teresina, pronto nos encontraremos en el infierno.

Teresina hablaba mucho, hubiese o no gente delante. Parloteaba con sentido sobre la guerra, asomaba en sus comentarios el rencor vengativo de clase ninguneada por la historia. Insultaba in crescendo a los ricos, generalizaba como solo los analfabetos pueden hacer si son del bando derrotado. Despreciaba con anécdotas jocosas y algo soeces a la raza que sojuzgó a la suya, pero que nunca pudo con su espíritu. Robaba en las casas que limpiaba. Sisar era, en su opinión, la justicia poética que merecían los fascistas. El Servicio Domestico Revolucionario secuestraba figuritas de porcelana, ceniceros, tiestos de cobre, hasta pequeñas alfombras. Su casa era un museo de esos secuestros, una galería de recomposiciones históricas del proletariado, una guirnalda de rehenes decorativos.

Me encantaba ver como se duchaba, despacio, meticulosa. Se deleitaba con el placer de la higiene; quizás careció de ella durante su infancia en el barrio de pescadores. Yo me sentaba en el vater y ella me permitía observar en silencio como se enjabonaba a través de los vapores de agua caliente. Su cuerpo rosado tenía una sorprendente tersura morbosa, una  solidez de formas insólita para su edad. A veces me masturbaba viendo sus rutinas de limpieza y pienso que ella, a pesar de parecer ignorarme, se complacía con ello. Desplegaba en esas ocasiones todo un repertorio de posturas nuevas, dignas de postales eróticas del siglo diecinueve, como las que (…)

Este relato, completo, formará parte también de mi próximo libro “Triple salto inmortal”.

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