El vuelo del caracol

Cuando caminamos, en la profundidad de la huella se mide el peso de futuras memorias. Por eso F., nuestro protagonista, pisa fuerte atravesando la ciudad ofrecida, abierta de portales y postigos.
Aquí el salitre muerde el hierro de verjas y aldabas, legaliza drogas y dignifica esculturas de rotonda. El viento de la playa acaricia espejos heredados y empuja al paseante hacia su destino.
F. zigzaguea el mapa urbano como un remolino despreocupado. Desde los montes hasta el puerto las calles son una lección desbaratada de estratos geológicos en manos de un Dios niño. Sus habitantes confunden a menudo los jardines afeitados con dormitorios hechos de carton y los museos vanguardistas se creen gasolineras o viceversa. En estos laberintos resulta cotidiano el deambular mestizo de ciudadanos respetables y de otros que buscan sobrevivir sin tener que serlo.
Cae la tarde una jornada más, pero despacio, reacia a cubrir de grises el aire de la villa, a disolver la sombra del paseante. Como cada día a esa hora se produce el milagro democrático: las luces públicas alumbran a todos por igual, dibujando la silueta de F. sobre las aceras.
No es casualidad que sus pasos aparentemente erráticos le acerquen otra vez al mercado de las Presumidas, cerrado entonces, pero rodeado de esquinas con sorpresa y farolas de luz discreta.
Plena de encantos, esta ciudad cuenta con arcas municipales, seis puentes, un rascacielos en construcción, dieciséis iglesias y un gueto. F. los conoce bien y contempla el barrio rojo como contemplaría su jardín, si la botánica, más allá de los dos tiestos en su balcón, formase parte del mundo de un proletario jubilado .
Últimamente sus sentidos se han desarrollado: reconoce de lejos la diferencia entre caminantes y deambulantes, entre seres estáticos con o sin sentido práctico. Allá al fondo ve a su negra vieja escuchando a un magrebí que gesticula en corto. Ella fuma indolente y el último yonki de la calle regala la verdad con su presencia a la altura de la carnicería halal, un poco mas abajo.
La figura de nuestro paseante no destaca especialmente sobre las demás. Está a gusto y se nota, ladeada la boina. Su compostura mundana es de estilo neutro, cantábrica y meta contemporánea, ajustada al prototipo social que le corresponde.
Luce gabardina tres cuartos, pantalones de pinzas, jersey de cuello pico y camisa a cuadros. Reloj metálico con aspecto veterano en la muñeca peluda, calva la coronilla pecosa y cano el cabello peinado hacia atrás en las orejas. El paraguas en la mano izquierda, desenvuelto en sus devaneos al ritmo del silbido en falsete y rematado con vibrato. No hay nada en su apariencia que distinga a F. de un miraobras normal. Solo el ojo entrenado podría encontrar en su aspecto algún detalle distinto del de sus compañeros de jubilación. Quizás los mocasines italianos de hebilla, por ejemplo, o el foulard que asoma discreto del cuello de su camisa.
Su negra vieja, que le riñe mucho pero es la que más le quiere, le dice siempre que parece un duque, Duque le dice, y le repite la historia de aquel húngaro que conoció hace años en el Carlton de Dakar. De cómo contaba el aristócrata a las chicas, divertido y seductor, que en su país se mide la calidad del vino en putonios, de cómo reía la paradoja sosteniendo impecable la copa y recorriendo, chispeantes los ojos, abismos de ébano caliente. De cómo dejó de hacerles gracia la historia del vino pero aun le reían al Duque con cariño porque era tan elegante, ensoñaba un buen vivir hasta cuando dormía, contaba tan bien la historia de los putonios; hasta que desapareció el húngaro sin decir adiós ni pagar la cuenta del hotel.

Ay mi Duque, ya estás aquí, le dice la negra al verle asomar tras la farola y encarar la esquina. El magrebí que la acompañaba hace mutis por el foro; F. creyó reconocer a Driss en la figura hundida de hombros que se aleja en la penumbra. Ya andamos con el Driss otra vez, espeta a la mujer, te parecerá bonito sabiendo como es y lo que te ha hecho. Ella, sonriente y ceñidísima, carcajea al duque. Ay mi Duque, no te pongas celoso que te va a dar algo, amor mío. Responde el paseante  un adiós desdeñoso a la mujerona que sostiene la pared del inmueble y sigue fumando, mirando aquí o allá sin dejar de sonreír.
En su interior F. aporta, archiva y adjunta otra nota a su diccionario personal:
Hetaira -. Consentidora, rota, perdida. Relajada, la madre que le parió, el Amor de mis amores.
Coloq.- Hijo de, suerte, lluvia, me cago en la.
Etmg.- Grado del vino en Hungría, cuenta de hotel.
Hace casi cinco años que estos itinerarios navegados por el barrio rojo sustituyeron a los que F. había recorrido toda la vida. Cumplir cada mañana con una somera higiene ritual, realizar un desahogo físico presuroso, vestirse y beber su zumo de naranja, siempre exprimido, nunca envasado. Bajar las escaleras, salir de casa y a continuación tomar el autobús número 27 hasta la estación del metro. Esta fue su anterior ruta vital, hasta la jubilación.
Los días de verano en los que amanecía luminoso y calido prefería F. hacer el trayecto hasta el trabajo a pie, sintiendo la brisa suave y perecedera que deja el alba antes de la canícula. Había obtenido con el tiempo el don de alcanzar el vacío mental durante esos recorridos. Cerca del nirvana saltaba fines de semana, guardias y vacaciones pagadas sin alardes ni piruetas, hacia adelante, ciego.

Solo en los meses posteriores al anuncio de su jubilación comenzó a elaborar en su cabeza el diccionario, palabra por palabra, y a fijarse en las caras y ademanes de los demás paseantes, casi sorprendido, fascinado por la gente con la que se cruzaba y a la que nunca había visto camino del ferrocarril urbano a la fábrica de neumáticos.
Allí trabajó 38 años, primero como aprendiz carretillero y después, poco a poco, de peón gomista y parcheador, hasta ser ascendido a suboficial inflador. No tiene recuerdos ni buenos ni malos de esos tiempos, era la vida. Quizás la muerte de Elena, su mujer, representó un sobresalto, pero consiguió con determinación que el suceso tampoco se convirtiera en un cambio.
Una mañana hace cinco años fue llamado a dirección por megafonía. Entró al despacho con expresión sorprendida, aun limpiándose las manos con un trapo. El jefe de personal se lo comunicó sin rodeos. Cuando F. supo que el trabajo en la fábrica había terminado, la base de sus hábitos diarios y sentido de su existencia, después de la sorpresa y de la rabia iniciales sintió una extraña aceptación de lo que estaba sucediendo, y también miedo.
Al colgar por ultima vez el uniforme de inflador en la taquilla le acució la necesidad de cambiar sus antiguas costumbres por primera vez en 38 años y dedujo que para siempre, pues se consideraba lo suficientemente viejo para estar muerto antes de que esas costumbres nuevas se convirtieran en hábitos.
Como primer gesto revolucionario dejó la taquilla abierta pero no se llevó a casa la bolsa de trabajo con el uniforme arrugado, descolorido, rancio de sudor y caucho, con su nombre cosido en la pechera, como hacía siempre.
Han pasado muchas lunas desde entonces. Por la vereda del arroyo discurre ahora F. con pasos buscadores de vida. La noche es fresca y limpia, los límites de cada cosa se dibujan mejor, todo parece cortado de una revista y pegado con cola en el papel, como letras de un anónimo.

Va nuestro amigo en dirección norte decidido y consciente, y recuerda, por las aceras que se acercan al puente. Piensa a su manera y elabora su particular diccionario. Ensoñando, define el lugar de sus travesuras.
El Arroyo.- Marcar una cita con, decidir edad, fecha en la que dejarse caer por fin y definitivamente en él.
Semnt.- Curapenas, fin del desasosiego. Corriente.
Sgnf.- (Ver “Vértigo”) Horror al vacío.
Ya es de noche. La ciudad engulle, golosa aplicada, hasta la última gota de vida. Se lo traga todo. De rodillas en un callejón se somete y somete, cobra por adelantado y a veces olvida mirar el reloj; nos regala unos minutos más de felicidad entre semáforo y (…)

Este relato se podrá leer íntegro en mi próximo libro “Triple salto inmortal”.

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6 comentarios en “El vuelo del caracol

  1. No percibimos lo atrapado que estabamos en nuestra rutina hasta que nos vemos liberados de ella. Tienes un estilo muy sobrio para narrar; lo digo a manera de halago. Me agradó bastante el relato. Espero con interés la siguiente parte. Ojalá no tardes mucho en subirlo. Felicidades por el buen trabajo. Si tienes oportunidad pasa por mi blog y dame tu opinión sobre mis escritos. Un saludo.

  2. zain naukazu, txo! Ia zer dakarguzun…

    esperamos la continuación…estoy con la mosca en la oreja a ver lo que nos acapara

    Itxosu ederrak,

    Aritza

    1. Ezkerrik azko Aritza! Me alegro de que aun tengais tiempo para mis letrillas y de que os entretengan e interesen. Alrededor de Navidad aparece “Triple salto inmortal”, mi proximo libro, donde podreis leer este y otros relatos completos.
      Besarkada bat eta ondo ibili!

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