Iquitos – Amazonas

Viajar carreteras escalando los Andes en autocares inverosímiles conducidos por adictos ojerosos, desafiando en cada curva la determinación del pasajero. Carreteras que descienden después serpenteando hasta la Amazonía, paralelas a cauces estruendosos engullidos por un mar verde, el final del asfalto. Iquitos es la puerta de la selva, la ciudad más grande del mundo sin acceso por tierra. Más de medio millón de personas viven aquí rodeadas de barbarie y fotosíntesis, defendiendo la civilización y el sedentarismo en un cuartel fronterizo.

Se desfila todas las mañanas en la plaza de armas, se recorta el avance de lianas y arbustos cada día. Tierra de aguas dulces y espesas, de mosquitos como pájaros y de pájaros como mosquitos. El verde, el grito de las aves, el aullido de los monos. La luna sobre el río vista desde tu hamaca en la cubierta de un barco de madera y tres puentes. Un barco que navega a favor de la corriente y que nos cruza con canoas de niños que golpean el agua con los remos, que mendigan y saludan como si no supiesen diferenciar las dos cosas. Racimos de plátanos, cerdos vivos y traficantes de vino, predicadores evangélicos y familias de indios desplazados; juntos viajamos en esta nave que se desliza batiendo la mayonesa marrón del Solimoes. A partir del tercer día es imposible no sentir que somos solo parásitos en la cabellera de la tierra, una melena verde y rizada que lo envuelve todo, que nos da vida a todos, el bosque.

Igual que en las cordilleras el visitante sufre el mal de altura, se siente a menudo en la Amazonía un mareo particular. El ciclo de la vida aquí es diez años más corto que en el resto de América. En esta selva  el espíritu humano es colono y pionero, los pueblos no son más que asentamientos tempranos. La mayoría de los grupos instalados en los claros de las orillas llevan menos de 50 años sobreviviendo allí. El  sentido de la tradición cambia. Se intuye una probabilidad de paraíso. Por eso no me sorprende que al atravesar la calle en Leticia la ciudad se llame ahora Tabatinga, que haya salido de Colombia y entrado en Brasil sin ningún tramite aduanero y me encuentre con moneda de curso peruano al pagar la cerveza.

Haciendo tiempo hasta embarcarme para Manaos busco entender las diferencias entre el destilado de cerveza de los tres países. Esa búsqueda me lleva de taberna en taberna hasta naufragar sin conclusiones definitivas sobre una terraza en el barrio de palafitos. La construcción de madera se encarama al río sujeta a postes clavados en el fondo de barro. Asomado a una baranda inestable contemplo el correr de las aguas. Escucho notas de una canción en un equipo de baja fidelidad y una voz a mis espaldas que las tararea con tono gutural. Hemos llegado, entonces.

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