Tres páginas del Diario Escocés (1ª)

12 noviembre 2006

Hoy nos despertaron los gritos de Benito llamándonos desde la calle. A las siete de la mañana sujeta a los caballos en la puerta del hotel, esperándonos para hacer la excursión al Cerro del Quemado, la montaña sagrada de los indios Huicholes. Me asomé al pequeño balcón casi sonámbulo y le confirmé que bajaríamos en seguida. El sonrió canino, lleno de ese incomprensible entusiasmo que encuentro entre las gentes de Real de Catorce, por muy humildes que sean.
Cuando entré en la habitación despeinado, el pijama caído dejando al aire mi barriga y con la piel de gallina, Helen rió mirándome desde las sabanas. Detecté una ironía nueva, casi cristalina, previne una carcajada contenida. Hacia tiempo que no le escuchaba reírse así, desde cuando fué mi alumna en la facultad de Literatura de Glasgow. A pesar de sentirme emocionado y violento a la vez, le pregunté por qué lo hacía.
-Por nada, tonto- contestó, y aun riendo, ocultó la mirada entre la ropa de cama.


El ascenso al monte sagrado fue lento y tortuoso. La pista esta llena de piedras y a veces alcanza una gran pendiente. Benito trajo dos caballos pintos muy hermosos de sillas rojas. Agitaban sus cabezas y resoplaban, con la desconfianza en los ojos típica de su especie. Para mí, un burro gris y cansado, con una enorme silla marrón.
-Para el Profesor John este formula uno, especialista en pesos pesados- festejó a la vez que me subía a la silla, riendo a coro con Helen, celebrando a mi costa su nueva complicidad. Recordé mis paranoias el día que conocimos a este personaje en la cantina. Nos pareció divertido, con su ingles mezcla de términos yanquis y mexicanos. Helen no desaprovechó la ocasión de practicar el español que aprendió en Málaga durante su último año de universidad.
A partir de la tercera cerveza la conversación fue únicamente suya. A partir del segundo tequila, también las risas.


Esta montaña tiene una energía diferente a las demás, es sagrada. Deduzco que aquí se intenta vender esa idea. En mi opinión, todas las montañas son sagradas, o ninguna lo es. Físicamente se trata solo de un cerro pelado y pedregoso terminado en una mesa plana de un kilómetro cuadrado aproximadamente. Desde allí, a unos tres mil quinientos metros sobre el nivel del mar y a dos mil sobre el altiplano, las vistas son espectaculares. Ninguna escultura o restos, ningún templo delatando que aquí los Huicholes realizan cada año las ceremonias de búsqueda de iluminación a través del espíritu del peyote, fuera de la vista del mundo.

Llegué a la cima del cerro atrasado, después de que mi entrañable “formula uno” hubiera olfateado cada flor en el camino, hecho sus necesidades con frecuencia alarmante y saludado al día que comenzaba con extraños rebuznos. A lo lejos se distinguían las siluetas de los caballos de Helen y Benito recortadas sobre el horizonte limpio. Algo mareado, me senté en un círculo de piedras y trate de acostumbrarme a la luz y al aire de las alturas. Los rayos de sol vibraban tensos y casi visibles a través de la nada. A ratos el viento soplaba como susurrándome algo incomprensible al oído. Y de pronto unas risas. Helen.

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