Paraísos calientes – Itacaré

Casa dos Bonecos, Itacaré

El asfalto llegó a Itacaré hace apenas 15 años. Representó el final de un estado de cosas y el comienzo de otro.

Del barrio de Marimbondo al del Porto de Atrás, de Pasagem a Pituba, un aire nuevo agitó la ropa tendida al sol, voló por la orla entre las amarras de los barcos y los banderines de fiesta.

Todo comenzó a principios de los años noventa, cuando en el barrio del Pelourinho, en Salvador de Bahía, entre batucadas y fumasa de maconha, alguien susurró acerca de un pueblo al sur que parecía el nuevo paraíso. Se llamaba Itacaré.

Itacaré. Azul la pequeña iglesia de San Pablo, azul la figura de Yemanyá en las procesiones, azules el mar y el cielo sobre todas las cosas.  En la boca del río se baila Capoeira para el arco iris; en las playas rodeadas de bosque, para los delfines. A la salida de la escuela coletas con lazos de colores, gritos, pieles negras que brillan al sol corriendo con la cartera a la espalda. Se tertulia a la sombra del árbol de Yaca, se habla como siempre de la pesca y de mujeres, ahora también del borrachín de Ze Pretinho, que cambió por una televisión en color y unas botellas de whisky el coqueiral de la playa de Enginhoca (a pesar de tener siete hijos en casa durmiendo en suelo de tierra). Cada año llegan más gringos a Itacare, ¡hasta israelitas han venido! .

favelinha Marimbondo

Fadul fue el primer surfista que llegó de la capital a correr las olas de la Prainha y la Tiririca. En esos tiempos sin carretera se tardaba más de dos días en llegar atravesando 80 kilómetros de bosque atlántico virgen y la sierra, viniendo por Ilheus, al sur. Por el norte está la barrera del río y en la otra orilla la península de Maraú, una lengua de tierra casi deshabitada que crea un mar interior y cierra la cápsula que aisló el pueblo tantos años.

Fadul llegó y no trajo con el más que a otros de su calaña: melenudos que pasaban el tiempo en las olas, que bebían agua de coco y fumaban maconha a todas horas. Buena sangre, como dicen allí. Pero las cosas cambiaron pronto, ¿inevitable? Los recursos de Itacaré no habían sido debidamente explotados. El pueblo fue golpeado de pronto por esa plaga que llaman desarrollo y globalización. Se transformó bruscamente en 10 años como no lo había hecho en los 400 anteriores. Los nativos vendieron en poco tiempo sus tierras por nada. Felices y fieles a su filosofía de vida al ritmo de las mareas, gastaron en cosas bonitas el dinero sin preocuparse. Cigarras del cuento. Pronto crecieron a su alrededor hoteles y posadas, sofisticadas tiendas y casas de veraneo, bares y terrazas. Los automóviles y la cocaína circulaban rápido por el empedrado de las calles que habían sido prácticamente peatonales durante dos siglos. Ampliaron el ayuntamiento y la comisaría. Se inauguró la primera gasolinera, pero no se mejoró el puesto de salud pública, la escuela  o la red de saneamiento. El paseo marítimo apestó por los vertidos de los hoteles como nunca lo había hecho.

Val, de Porto de Atrás

 Sin preparación, los habitantes quedaron excluidos de este desarrollo, de esta explotación. Nadie les enseño idiomas ni informática, no aprendieron a servir una mesa ni a cocinar recetas de hotel, nunca imaginaron trabajar como recepcionista, camarero o guía. Mucho menos pensaron en transformar sus tierras en hoteles, en talar, excavar o construir. El tren del progreso pasa a su lado arrasándolo todo y les deja atrás. Son los perdedores en esta partida con cartas marcadas.

Sus hijos no quieren pescar en el barco de sus padres ni plantar mandioca. Han conocido de cerca un nuevo y deslumbrante ritmo de vida. Admiran, oleada tras oleada, a esos turistas que permanecen 15 días, que se levantan tarde y vestidos con ropas de marca, desayunan zumos en la terraza del hotel y pasan el día en la playa, la tarde de siesta y la noche de fiesta.

pesca nordestina

 Ahora también los jóvenes nativos se dirigen a las playas caminando con aire afectado, vestidos con restos de ropa regalada, una gorra de marca, unas gafas de sol viejas, un mp3 robado, una tabla de Surf partida y arreglada. Empeñados en una patética imitación del forastero y desdeñando la vida heredada de sus padres y madres. Todo se vende entre amistades fugaces, amistades turísticas. La dignidad lo primero. Acompañantes temporales, parejas de fiesta, almas gemelas durante dos semanas, se convierten en madres solteras, adictos a la coca o ladrones. ¿Qué importa? Prostitutas desengañadas a los 18 años, después de ver marcharse con sus promesas a tanto embajador sonriente del primer mundo. Craqueros muertos en vida fueron antes los niños sonrientes que esperaban a los autobuses para ofrecer hotel o llevar las maletas.

caldo de caña

 Es la temporada más cálida y el viento sopla tan fuerte al mediodía que hasta a los pelícanos les cuesta sobrevolar la orilla para hacer sus picados. Nadie camina por la playa castigada por el sol y el aire a esas horas; en soledad, las tensas hamacas imitan paracaídas. Zigzagueo el descenso hacia la playa impaciente, con alegría de niño. Me sobra la ropa. Una presión en la boca del estomago, una tensión: el Surf se acerca. Aloha. Hay agua pulverizada suspendida en el aire, la luz del sol se refleja en cada gota. Los pescadores están sumergidos hasta la cintura, danzando el arrecife con una concentración casi mística. Lanzan sus redes desplegándolas en abanico, buscando el cardumen parece que por intuición. Justo enfrente de este milagro pausado, rompen las olas.

combustible en la cabeza
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5 comentarios en “Paraísos calientes – Itacaré

  1. Finalmente he encontrado donde se ha quedado mi foto de la Val! ha durado 10 horas para hacer este cabello asi. Dentro de poco sale ” Falta algo”!
    abracos

    Christoph

    1. Un abrazo y bienvenido a Estado de Tránsito, Cris. Enhorabuena por el documental de la Fura dels Baus, me gusto mucho.
      Espero con cariño ver nuestra pelicula terminada.
      Hasta pronto, amigo!

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