Del Pacífico al Atlántico por el Amazonas – Perú, Brasil

Tres meses sosteniendo una mochila, una tabla de surf y durmiendo en una hamaca colgada en barcos fluviales. Con poco dinero pero muchas adicciones. Atravesando el continente Americano desde las costas del Pacifico hasta desembocar en el Atlántico con el rio Amazonas. Más clandestino que Manuchao. Y mucho más guapo.

Perú. Los perros sin pelo de las ruinas de Huanchaco ladraron sus bendiciones tradicionales. La hermandad de Huaqueros reunió a su comité digestivo e improvisó una cena medio cocinada en los laboratorios del cerro. Guardé el consejo del faro de Pacasmayo y en adelante anduve siempre a ráfagas de luz y de tinieblas. Salí así del mal abrigo de Chicama hacia el oriente selvático, armado con reservas que se me terminaron al llegar a Tarapoto, donde también termina el asfalto. A partir de aquí solo se avanza por agua, rodeados para siempre por la cabellera rizada del planeta verde.

Los primeros barcos que comunican los asentamientos humanos de las orillas son un cruce entre filibustero y casino flotante del Mississippi. El que llega antes cuelga su hamaca en el lugar más ventilado. Los demás nos hacinamos como abejas amigas, balanceándonos al unísono por cojones. El contrabandista de vino esconde los garrafones de cincuenta litros cuando las lanchas de los federales asaltan el barco cerca de la trifontera. La hija del predicador es una indita callada y bellísima, tampoco duerme, y sus ojazos negros reflejan la luna. El runrún del motor nos hipnotiza barco tras barco; ya vendí la polaroid al capitán para pagarme el trayecto.

En Brasil, parece que nada cambia. Caruso cantó en la opera de Manaos, Lope de Aguirre se me aparece una noche de tiritona convertido en director de una mina de aluminio: sus confesiones me hielan el mono. Es divertido bañarse en playas de arena blanca bañadas por el rio Negro. E imprescindible visitar los enormes rascacielos donde se vende belleza en medio de palafitos con pies de barro. El caucho dio y quitó, ahora crece alto el mayor hotel de cinco estrellas del país; Sting se hace la foto allí, cerca de la reserva nativa.

Belem do Para es la metrópolis que flota en el delta y en este punto final. La Pororoca, esa olaza fluvial, está compuesta por un 25% de deforestación incontrolada, de contaminación con metales pesados, un 35% de genocidio cultural indígena y corrupción sonriente, un 30% más de turismo de lujo y fuerzas especiales. El 10 % restante es agua y barro. En la podredumbre puso Dios la semilla de la vida y del barro fermentado surgimos todos. Mierda somos y en mierda nos convertiremos. Divina paradoja que  provoca el odio del hijo, el rencor asesino del hermano y la obcecación del puño cerrado que amenaza al cielo. Amén.

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