Cartas desde un trópico lluvioso

Con las crecidas el río arrastró mucha madera hasta la playa. Ya se retiró el agua y la gente recoge esos restos para hacer leña o usarlos en pequeñas construcciones. Parecen recolectores del fruto arenero, sobrevolados por buitres y gaviotas.
El cielo se ve extraño, nubes grandes y metálicas sobrevuelan el pueblo como zeppelines; Es el invierno tropical, la estación de lluvias.
¿Quién hubiese dicho que el infierno podía disfrazarse de trópicos y engañarme con promesas de paraísos lejanos? Debí haberlo sospechado: Gauguin, Stevenson, Rimbaud, y Conrad dejaron pistas claras.
Pero no lo hice; escuchaba discos, miraba fotos, hablaba por teléfono y veía películas. Caminaba entre la gente por la ciudad extraña, el reflejo en los escaparates me acompañaba de reojo. Pisando fuerte iba. Salpicando en el ángulo equivocado la gota del charco que esta fría, joder, el invierno.

Una sutil melancolía emanaba del serrín y las colillas en el suelo del bar.
Vamos – le dije – hagamos todas las muecas posibles.
Pero ella estaba aun más distraida que yo o no podía oírme mientras se pesaba.
Era todo momento sentido como un final. Me asfixiaba. Consideré un giro hacia el sol como la única salida posible.

Y ahora, aquí en el paraiso, todo está húmedo, empapado por dentro y por fuera. El agua cayó sin parar durante una semana. Humean presencias silenciosas en las hogueras sin llama y los transistores no suenan. El viento borró todas las huellas de la arena.
Las puertas malcerradas de los hoteles baten al viento y marcan el ritmo vacío de los días sin turistas. Los viejos se santiguan y observan ceñudos el calendario colgado en la pared del bar. De amanecida, hasta las botellas que dejaron tiradas en la calle los borrachos miran melancólicas a los vecinos.
Las gallinas y los perros parecen sentir algo en el aire y corretean entre las personas con cara de susto. A los gatos no se les ve. Se economizan sonrisas y se camina menos y un poco más rápido. El que tiene trabajo, casa y familia, da gracias y destapa la olla de los ahorros para comprar ropa sin moho.
Sabe extraño el pescado con arroz, la cerveza esta aguada, la fruta no da para ensaladas. Las chicas miran bajo cuando van a la escuela y esquivan el humo del autobús en el camino de tierra. Por la ventana se distinguen perfiles de hombres machete en mano. Caminan buscando trabajo manchados de barro.
Cabezas de pescado sangrantes en la rampa del puerto nos condenan a la perpetuación de la vida, un día más.

En otros tiempos, que parecen tan lejanos, me cansé de buscar el cielo entre azoteas de ciudad. Postales arrugadas en el suelo de la habitación, humos condensando el deseo de salir de mi mismo, todo señalaba hacia el último sueño. Así decidí este éxodo personal, este destierro afortunado en la franja ecuatorial, desde Cáncer a Capricornio.
¡Y que alegría de niño, que anticipación de bienestares! Como un rayo, imparable, borrándolo todo a mi paso, desmonte las claves de mi vida anterior. Grandes piras de fuego señalaron el triunfo último, la conclusión inesperada, la verdadera paz. Sobre las cenizas y las ruinas celebré meticulosamente la aniquilación.
Y partí un amanecer, hace seis años ya, solo y lleno de fe.

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2 comentarios en “Cartas desde un trópico lluvioso

  1. guau broder, leo y vuelvo a leer, y pasan los dias y las vivencias y vuelvo a leer tus parrafos, nunca te agradeci, pero desde hace tanto que lo siento, gracias.

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