Sonrie el gitano de los ocho dedos

desde el rincon mas oscuro del bistrot

La música de Django Reinhardt habla en idioma de carromato, de bohemia y de nómada mutilado. Seduce como un chulo cabaretero y canalla que silba a una mujer en la calle. En cada una de sus notas saltarinas suena un beso robado y una sonrisa cómplice. Su personaje nos saluda desde el rincón más oscuro del bistró, irónico y elegante, bendecido con la vida corta de los que arden el fuego del talento y el carisma, sosteniendo la guitarra y el cigarro.

Hasta los veinte años Django vivió sobre ruedas. Tocaba por los pueblos con su padre para animar el número de la cabra y el oso. Un día ardió la caravana, se prendieron con una vela las flores de plástico que vendía su mujer. Perdió dos dedos y ganó el Jazz. Sin saber leer o escribir, sin haber estudiado música más que en la escuela de los descampados y las hogueras, fundó el Quintette du Hot Club de France y nos regaló ensoñaciones inmortales. Murió a los cuarenta y tres.

Suena la banda y el violín de su amigo Stephane Grappelli lo da todo, no pide más que billar, tinieblas y bebida gratis. Igual que Django, juega con las notas como si la segunda guerra mundial y todas las miserias humanas no fueran más que fruslerías. Quizá tuvieran razón.

Nuages
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