Arde el Magreb

“Haced el bien o el mal. Trabajáis para vosotros mismos”.
El Coran

Casablanca, Darvida.
Como en todas las ciudades, a ras del asfalto se extiende un tierno desconsuelo. El taxi se detiene en la plaza Mohamed V ante mi falta de instrucciones. La gente camina alrededor de los jardines públicos con ritmos mestizos, gestos de una misma cara. Veo al Riente y al Accidente confluyendo en el mapa del centro. Coches y peatones, soledades ambulantes se cruzan con los ojos cerrados, ciudadanos catalépticos.
El ritmo acelerado de todas las cosas impide la pausa, la mirada perdida, el suspiro, pero detrás de las cortinas continúa adivinándose la presencia de otros.
Ahmed regresa en el autobús 17 de ver sus notas en la facultad. Hace calor y su expresión es tensa. Por primera vez considera casarse con una alemana.
Latifa se ríe, pero le duele. Bailaba encima de una mesa de billar cuando llegó la gendarmería. Se la llevaron a rastras hasta la playa. Al turista que estaba con ella no le hicieron nada.

Mustafa, el portaclin de Bersairi, sonríe delante de una mesa con fruta, botellas de limonada y un pollo frito. Tras la cortinilla bordada su madre reza una letanía por la curación de su hermano Younes, apuñalado en la carcel.
El adolescente de ojos cansados está sentado en el borde de la acera, sostiene su cabeza con las manos y mira el trafico que pasa de largo como todos los días. Le pregunto sin hablar, el señala en dirección al puerto y dice su nombre, Abdulkader. Cuando me alejo, escucho que insulta a los camiones a mi espalda, con voz de asfalto ronco y gasoil barato. Los disturbios continúan detrás de la medina.
Apoyado en la fachada opuesta, en la equivocada, Driss levanta la cabeza y grita, grita para que le abran, grita al segundo piso. Cada vez su grito tiene menos convicción y más urgencia, se debilita y se carga de drama. No le abren. Mejor que deambule hasta la corniche a buscar periódicos para quitar el frío, dormirá en la calle. El tacto del encendedor moribundo en el bolsillo le reconforta. Puede encender colillas recogidas del suelo y podría quemar toda la ciudad si quisiera. Mañana quizá, tendrá que pensarlo.

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