Pequeñas cosas

Flor de cuneta, árbol de parque, zarza de linde. Mosquito que eclosiona y vive unas horas, bandada de pájaros deshaciéndose, ola rota, discreto que espera al fondo. Anécdota de callejón intransitado, papel llevado por el viento, sombrero en desuso, noticia de ayer. Desván cerrado, cartas mojadas, programa piloto. Vía muerta, hormiguero, nave oxidada. Máquina de escribir huérfana de dedos, ancla seca, paredes mudas.

Señor que duda, titubeo, mentira piadosa. Alacenas conscientes de su nombre, alcanfor, cajones sin llave ni cerradura. Alas pasadas de moda, caminos enredados, mapas rotos y mal plegados. Gafas baratas, plato del perro, madrugadas. El abuelo del abuelo, falta de cobertura, persianas bajando y subiendo, un mastodonte.

Pequeñas cosas que colecciono en una caja y que a veces ordeno por colores y tamaños.

Surf Mediterráneo: Tópicos, Moda y Milagros

El mar Mediterráneo y el océano Atlántico mezclan fluidos y sal en un viejo camastro desde hace siglos. Sobre los muelles ruidosos del colchón de la historia, en el estrecho jergón de Gibraltar, dos conceptos vitales y dos ritmos de Surf follan a destiempo y con alma de contrabandista.

Aguas mestizas las del Mare Nostrum, rompiendo sobre sedimentos de civilizaciones muertas, sobre un fondo tapizado de naufragios, atravesadas por cruceros que saludan a barcuchos clandestinos y abarrotados buscando esperanza en la orilla equivocada de la vida. Charco hirviente dibujado de costas imposibles, nacido mito. Y de profesión, puta mancillada y en guerra perpetua.

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En el Mediterráneo no hay olas. Es un mar, se dice, donde hay poco surf, de mala calidad, inconsistente y flojo, escaso, abarrotado y sucio muchas veces. Un mar que nos parece poco comparado con. Al que pedimos más, del que nos quejamos, al que maldecimos. Un mar de segunda división, acomplejado, con olas mediocres y sesiones frustrantes. Un mar de mierda.

¿Tópicos? Los tópicos nacen como respuesta a nuestra necesidad de generalizar para entender. Aplican medidas que califican al sujeto basándose en comparaciones desfavorables surgidas de la no aceptación de lo natural, de la insatisfacción implícita en la condición humana. Esa insatisfacción y la falta de mesura y perspectiva nos hacen desear constantemente más, sin apreciar aquello que obtenemos del instante que vivimos.

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Porque, a pesar de todo, una luz mágica se refleja en el milagro del surf mediterráneo cuando se concita a los elementos y acuden. Las sirenas sonríen, el silencio canta, y la fiesta se desliza en olas pausadas, sabias, llenas de respuestas en su sencillez perfecta. Viejos pescadores mirando al horizonte, a fronteras eternas de agua salada, cuentan leyendas con moraleja: la ansiedad, la urgencia o las prisas no agradan a este mar esquivo. El Mediterráneo premia a la constancia y al temperamento equilibrado. Regala, cuando quiere y no cuando lo deseas, destellos fugaces, momentos únicos y joyas confidenciales.

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Un suave olor a pescado frito llega desde donde secan las redes, cantan al Levante grillos tenores. Los contrastes apabullan al surfista que espera: palmeras y pinos, mármol, cemento, ruinas dóricas y hoteles de 6 estrellas. La pequeña ermita y el minarete se reflejan en la cala escondida de esa isla. Bailas con el balanceo suave del velero, navegas arrecifes de previsiones erradas, de vientos imprevisibles y traviesos, de masificación descerebrada, de tablas inapropiadas y actitudes esclavas de la moda y el negocio, enfermas e inconscientes de estarlo.

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Malquerida esta amante, vituperada, abandonada por otras costas, por la caricia abundante de bellezas más bastas pero más rotundas. Tímida con fama de poco agraciada, coqueta recatada que se muestra solo a veces, que exhibe sus curvas solo cuando miran pocos y la mayoría da la espalda. Programa de madrugada, perro verde, aguja en un pajar. Mar de tesoros íntimos y sesiones anónimas, de olas que se regalan al que persevera y mantiene esa calma que enamora a la esencia mediterránea.

Esa esencia, esa magia, es madre de momentos irrepetibles, de olas compartidas con sólo un puñado de amigos, de calidad extraordinaria en rincones bellísimos, de joyas dormidas  y rompientes vacías, de nuevas sorpresas y promesas latentes. De Surf Mediterráneo con mayúsculas, en su mejor expresión.

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El taxi en el atasco, la fiebre, los vientos cargados de arena o urgencia, los ecos de millones de presencias, los ojos rojos y la ansiedad que empuja; las respuestas todas están en la sonrisa de esa muchachita descalza paseando la orilla. Porque el Mediterráneo es múltiple, misterioso, melancólico, milenario, moderno, magnífico, mahometano, maltés, malagueño, mallorquín, maravilloso, miope, mentiroso, moderado, mujer, milagroso, musical y Deslizante.

Y Hay Olas. ¡Gracias, Mediterráneo!

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El Loro Borracho y Otros Relatos del Trópico

El Loro Borracho existe.

Es una taberna donde el puerto y la playa se funden sobre el arrecife, un espacio indeterminado y característico, un área mestiza donde todo es posible. Se encuentran los mundos conocidos y desconocidos y se funden bajo el sol limpio. Arena blanca, plásticos, conchas, maderas, latas y botellas, algas, redes rotas, presencias; todo conforma un sueño hecho realidad. El Trópico.

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Las olas cantan al borracho sagas sencillas entre pisadas fugaces y mareas redentoras. Mañanas y atardeceres acompañan suavecito, barcas que se van, peces vivos, horizontes huérfanos de antenas. Sirenas afónicas te miran a los ojos pidiendo otro trago con una sonrisa.

Alvaro Urkiza

Allí habitan piratas hospitalarios de parche en el alma y corazón de palo. Tigres con garfio en la mirada y sonrisa de perro arenero. Son los vagabundos descalzos de la orilla, los buscadores de tesoros ajenos. La tripulación varada, los descuideros amotinados, náufragos desnortados y eternos optimistas del desaliento.

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Has llegado al Loro Borracho. Solo cuatro mesas gastadas que coleccionan momentos en la terraza malquerida, apoyada sobre troncos clavados en el mar. Corales secos decoran sus esquinas asimétricas y el bamboleo de las tablas disimula el paso tambaleante del ebrio y anima el baile.

Alvaro Urkiza

Mezcla de templo, garito, refugio, destino y perdición, esta cueva ha sobrevivido a cambios inevitables y te espera. En la mesa del fondo Gerard tiene una historia que compartir contigo.

Bienvenid@, pues. El propio Loro en persona bendice tu llegada desde su trono de palo. El ave enseñorea el local, parlotea en un agitar de mil colores, vuela de aquí para allá, se encapricha de una chica bonita, muerde con el pico las manos de algún turista despistado que se acerca demasiado. Y baila, baila las canciones que interpreta la banda los fines de semana, moviendo su cuerpo emplumado como en estado de trance.

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Gerard se levanta para recibirte y te ofrece una cerveza bien fría como bienvenida. Sus ojos brillan y se visten de arrugas cuando sonríe al ver tu sed. Tiene aspecto de ropa tendida al sol, de redes secando, de pared cuarteada pero bella, llena de erosiones y marcas que hablan de tiempo y densidad.

Hace ya mucho tiempo que los huesos cansados de Gerard llegaron a esta isla, ultimo puerto de su ruta vagabunda. Hace ya muchos años que atracó en este litoral mancillado y aun hermoso, a estas orillas violadas, maquilladas, a esta mujerona de arrabal, palmeras y aguardiente que se levanta cantando y pasea por la playa endomingada al atardecer.

Gerard habla despacio, como los que no tienen edad definida ni prisa. Cuando llegó a la Grand Plage, cuenta, los ferrys y cruceros todavía no descargaban su colección de turistas semanal y los locales vivían en casas de madera orilladas a la playa, sus botes de pesca atracados en la arena.

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Las calles sin asfaltar, la pequeña iglesia azul, cuatro casonas coloniales y el Loro Borracho le recibieron con un abrazo especial y un ritmo sereno y fresco como la mirada de un niño. Abrió su Escuela de Surf y se dejo llevar por la plenitud de lo perfecto. Y de lo vulnerable.

El Loro Borracho siempre ha estado ahí. Casi de manera natural, una silla esperaba a Gerard en la terraza flotante, la misma desde la que te cuenta ahora todo esto. El dueño de la taberna saluda con un gesto de su bastón al pasar a vuestro lado. Se llama Francois, es un mulato de rizos blancos, invidente ágil pero atento al trasiego del local tras unas enormes gafas de sol, eternamente acodado al final de la barra en las penumbras del interior. Ni bueno ni malo, tiene un don especial para recordar todo lo que dice haber olvidado.

Como la ingenua esperanza de Gerard en aquellos años, su visible convicción de haber encontrado, al fin, su paraíso particular. Las olas de la isla son perfectas para iniciarse en el surf, con fondos de arena accesibles y agua caliente todo el año. Sin prisa se deshacen las semanas y pronto se crea una rutina dulce al ritmo de las mareas y los primeros clientes que se acercan a su Escuela, la única abierta entonces. La magia de esos días embriaga al francés y construye esta historia, la historia de un sueño de arena y salitre hecho pedazos, la historia de un amor desamado, la historia de su muerte y de su resurrección.

(Continúa)

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