Todas las canciones

Versos de amanecida, estrangulados, cantados del brazo al volver a casa, entre tambaleos.

Poesías de taberna, escritas en servilletas, brindadas, hechas con humo.

Memorias del abuelo, de la barricada y la cárcel, de la mina y de las flores.

Historias de náufragos y de ballenas, de tambores metálicos y del camino.

Las del niño en la esquina, las del lunático y las de los amantes.

Letras en otro idioma, nacidas lejos, puede que ayer por la tarde.

Relatos de ciego en biblioteca, del profundo sur, de crímenes sin mayordomo, de naves silenciosas.

Cuentos instantáneos, virtuales, arte de teléfono y de terminal portátil, fogonazos.

Todas las canciones hablan de nosotros. De ti y de mí, y también de ellos. De nosotros, de todos.

El mimo grita

Y los niños lloran. Los padres, desconcertados, se miran los unos a los otros. El promotor del espectáculo esconde la caja del dinero y prepara excusas. El mimo grita. Resuena su grito por la sala y surcos salados le desmaquillan; su boca abierta es una denuncia.

Quieto, mudo de gestos, el mimo grita, pide silencio. Se detiene el masticar ruidoso de palomitas, las risotadas, los comentarios y los gritos. Se detiene el tiempo en ese instante. El grito perfora, rompe, quiebra lo establecido y produce miedo.

Ya están callados todos, sin saber, mirando fijo al artista que ahora tiembla y levanta una mano. Lentamente, con parsimonia, enseña el puño y estira el dedo medio. Gritos de nuevo, indignación y lloros, exclamaciones de escándalo, de habrase visto, de qué se habrá creido. Los banqueros estan furiosos, han estropeado su fiesta. El mimo se gira y sonríe. Mañana la calle volverá a ser su escenario y el éxito será de todos.

Tratar con cariño

a un tiesto vacío, a una noche.
a esa esperanza idiota que te sostuvo un día.
a la vida.
a los funerales y a las cajeras del supermarket. al mando a distancias.
al coche cuando no arranca, al perro que ladra, al día lluvioso.
al aburrimiento grave, a la repetición.
al horizonte feo, a las ballenas.
tratar con cariño algo que ni conoces
a las malas noticias, al desaliento.
a la sonrisa del otro, a lo relativo. a lo que ignoro
con cariño
tratar con cariño

Dicen que las palabras

Dicen que si juntas en un papel las palabras volcán, seda, labios y profundo, ya tienes a una mujer empoesiada.
Que si escribes horizontes, ventana, lluvia y tic-tac, melancolizas a un hombre.
Dicen que brisa, alba, camino y despertar son palabras azules que gustan de arroyos y canciones.
Y añaden que leer adiós, crepúsculo, caricia o llanto, nos recuerda siempre la traición del sentimiento.
Que al ver sobre un papel escritas las palabras abrazo, niño, jardín y fruta, elevamos en un suspiro dulce la mirada.
Ahora yo escribo, conjuro, dispongo, que estas palabras mías den al ánimo de quien las lea, como ellas mismas dicen, esperanza, sonrisa, luz y sentido.

Sigue la sonrisa

Inexplicable pero cierto. Esta mañana, después de otra noche agitada, he encontrado en la cocina el café preparado. Resulta extraordinario si se tiene en cuenta que vivo solo con mis gatos y mis libros. Pero, además, al lado del desayuno había una nota. Era breve, decía: “Sigue la sonrisa”.

Bebo el café, me froto la cara, no entiendo de donde ha salido el mensaje, ni que significa. Me afeito con una maquinilla usada, me corto, me pego un trocito de papel higiénico en la herida. Tomo las pastillas y bajo a la calle por las escaleras para esquivar al casero. Me duele la espalda en cada peldaño aunque dicen que el ejercicio es sano. Al salir del portal respiro como un pez el aire de la ciudad, suspiro el monóxido y la resignación del primer cigarrillo. Doy un paso, después otro, voy a la oficina del paro a ver que hay, como todos los días.

Camino sin mirar a la gente más que para esquivarla. Es este un barrio de mendigos jubilados, sin atractivo turístico. Un museo de cera de la mediocridad. Novedad: han instalado cámaras cerca del banco de la esquina. Dicen que volverán los atracos. No veo nada romántico en Jesse James montado en una escúter. Soporto las primeras gotas de lluvia igual que los demás; la crisis ha llegado también a los paraguas. Estoy viejo para buscar empleo. Antes no era así, pero nada permanece, todo empeora naturalmente. Cerraron el periódico y cometí errores, tú te fuiste y me alegré salvajemente de que mi decadencia no tuviera testigos. Llego al metro, voy a entrar en el vagón, ella sale.

La señorita se cruza conmigo y sonríe. Sostiene un pequeño hatillo enrollado y sonríe. No sé porque doy la vuelta y la sigo. Desando mis pasos hasta la calle, llena de nubarrones bajos y de coches erráticos quemando gasolina para llegar antes a ninguna parte. Sigo a la chica, me siento como un detective en una película de segunda, como un viejo verde. Lleva buen paso, quizá tenga trabajo, quizá tenga una vida. A mí no me llega para comprar otra, hice una revolución y la perdí, corrí delante de la policía hasta olvidar el porqué.

Caminamos la ciudad en fila india. El mundo está sucio, las señoras que hacen compras llevan pieles de visón arrancadas en vivo, la civilización es un campamento de refugiados. La chica se detiene, disimulo y finjo comparar tamaños de enormes televisiones en un escaparate. En todas aparece un ministro exigiendo austeridad y anunciando medidas de ajuste necesarias. La chica se detiene y saluda a otras personas que también sonríen. Continúo siguiéndola y no me importa.

Es ridícula esta persecución, absurda. No sé que me impulsa a caminarle a dos pasos a esta desconocida que sonríe. Cruza una calle, se pierde tras una esquina. Acelero y la veo de nuevo. Dos bares por cada portal, teléfonos móviles, libertad. No hablo con nadie desde mi desahucio vital. Me robaron la chispa, no pude pagar los intereses de tanta esperanza. Y que me queda más que corear desafinado en el púlpito de las quejas. Por eso callo y recupero geranios en estado crítico a salivazos. Ellos tienen raíces pequeñas y mis gatos no hacen preguntas. Las modelos, los futbolistas y los toreros no saben nada de la UCI vegetal en mi balcón.

La chica ha llegado, se detiene, estamos en la plaza. Desenrolla el hatillo, es una tela pintada. Voy a esconderme cuando se vuelve y me sonríe, me tiende una mano. Sin darme cuenta estoy sosteniendo un extremo de la tela, sin darme cuenta siento su mano en el hombro y le escucho decirme: vamos, abuelo. Sin darme cuenta lloro y estoy sonriendo y levantamos juntos la pancarta.